En el teatro silencioso de la diplomacia, Washington ha respondido con precisión quirúrgica a lo que percibe como un desaire de Brasilia: la visa de la embajadora brasileña ha sido cancelada, no como expulsión, sino como advertencia. El gobierno de Lula retrasó la aprobación del embajador designado por Trump y negó visas a diplomáticos estadounidenses; Washington, fiel a la lógica de la reciprocidad, devolvió el gesto. Lo que queda suspendido no es solo un documento legal, sino la confianza entre dos naciones que aún buscan el tono correcto para hablarse.