En el silencioso laboratorio de la Universidad de Copenhague, científicos han encontrado una grieta en la armadura de las células cancerosas: su capacidad de repararse a sí mismas. Al descubrir que el gen NDRG1 sostiene ese mecanismo de supervivencia, y que la quinacrina —un viejo fármaco antipalúdico— puede desmantelarlo, la medicina oncológica da un paso hacia tratamientos que hablan el idioma particular de cada tumor. Es un recordatorio de que las soluciones más poderosas a veces duermen durante décadas en los archivos de la farmacología.