Ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez pronunció una promesa de elecciones competitivas sin fijar fecha ni cronograma, en un momento en que la presión internacional —encabezada por Donald Trump— exige compromisos verificables. La dualidad de su mensaje, que combina la retórica democrática con el anuncio de que ella misma conducirá la transición, refleja una tensión tan antigua como el poder mismo: la distancia que suele existir entre la promesa de apertura y la voluntad real de soltar el control.