En el umbral de su mandato, el presidente electo Abelardo De La Espriella ha elegido como primera batalla legislativa una reforma constitucional que elevaría a Barranquilla al rango de capital alterna de Colombia. La propuesta no busca despojar a Bogotá de su centralidad histórica, sino interrogar una premisa antigua: que el poder de una nación debe irradiar desde un único punto en el mapa. En ese gesto, De La Espriella convierte una decisión administrativa en una declaración filosófica sobre cómo se gobierna un país diverso y desigual.