Antes de tomar posesión, el presidente electo de Colombia, Abelardo De la Espriella, anunció una reconfiguración profunda de la diplomacia nacional: el cierre de ocho embajadas, la cancelación de quince consulados y, de manera más significativa, la ruptura total de relaciones con Cuba y Nicaragua, a las que calificó de tiranías. La medida combina una lógica de austeridad burocrática con una declaración ideológica que marcará el tono de su política exterior desde el primer día de gobierno. En la historia de las naciones, la arquitectura diplomática nunca es neutral: cada embajada que se abre o