La sangre derramada jamás será olvidada
En las calles de Lima y diez ciudades del Perú, miles de ciudadanos marcharon pacíficamente para rechazar la candidatura presidencial de Keiko Fujimori, quien disputa la segunda vuelta electoral mientras enfrenta cargos por lavado de activos. La movilización, convocada bajo el nombre 'Keiko no va', reunió a trabajadores, estudiantes y familiares de víctimas de crímenes cometidos durante el gobierno de Alberto Fujimori, su padre. Más que una protesta electoral, la marcha fue un acto de memoria colectiva: la tensión entre el peso del pasado y la incertidumbre del futuro político de una nación en un momento decisivo.
- Miles de personas tomaron las calles de Lima y diez regiones del país en un rechazo simultáneo y coordinado a la candidatura de Keiko Fujimori, a días de la segunda vuelta electoral.
- La presencia de familiares de víctimas de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta cargó la marcha con una memoria histórica que va más allá del debate electoral.
- Los manifestantes cuestionan no solo el legado del fujimorismo, sino la legitimidad de que una candidata juzgada por lavado de activos pueda acceder a la presidencia.
- La movilización expone una polarización profunda en el Perú: el país se debate entre dos visiones irreconciliables de su futuro a pocos días de una elección que lo definirá por años.
El martes por la tarde, miles de personas se reunieron en la plaza San Martín de Lima para marchar contra la candidatura presidencial de Keiko Fujimori. La concentración recorrió el centro histórico de la capital y formó parte de una movilización simultánea en otras diez ciudades del país —entre ellas Cusco, Ayacucho y Puno— bajo la campaña denominada 'Keiko no va'.
Entre los manifestantes había trabajadores de la construcción, estudiantes universitarios y, de manera especialmente significativa, familiares de víctimas de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, perpetradas durante el primer gobierno de Alberto Fujimori. Las consignas que resonaban en las calles mezclaban memoria histórica y urgencia presente: 'La sangre derramada jamás será olvidada', 'Perú, te quiero, por eso te defiendo'.
Una mujer de 63 años explicó su decisión de marchar pese a los riesgos sanitarios de la pandemia: recordó el primer fujimorismo como un período que favoreció a las grandes empresas mientras erosionaba los derechos de trabajadores y ciudadanos. Para ella, como para muchos asistentes, resultaba inaceptable que alguien enfrentando cargos judiciales por lavado de activos pudiera aspirar a la presidencia.
La marcha fue pacífica, pero su peso político era innegable. A días de la segunda vuelta entre Fujimori y Pedro Castillo, la movilización reveló una polarización profunda: los manifestantes no solo rechazaban a una candidata, sino un legado político entero y la visión de país que representa.
En la tarde del martes, miles de personas convergieron en la plaza San Martín del centro de Lima para expresar su rechazo a Keiko Fujimori como candidata presidencial. La concentración, que comenzó a las cinco de la tarde, fue el punto de partida de una marcha que recorrería las principales arterias del centro histórico: el jirón Quilca y las avenidas Nicolás de Piérola, Garcilaso de la Vega, Miguel Grau y Abancay. No fue un acto aislado. Simultáneamente, colectivos civiles y organizaciones sociales se movilizaban en otras diez ciudades del país: Cusco, Tacna, Áncash, Ayacucho, Piura, Ica, Huancavelica, Apurímac, Puno y Lambayeque. Todos formaban parte de la campaña denominada "Keiko no va".
La composición de los manifestantes reflejaba una amplitud de sectores. Había trabajadores de la construcción civil, estudiantes universitarios, y un grupo particularmente significativo: familiares de las víctimas de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, crímenes cometidos durante el primer gobierno de Alberto Fujimori, padre de la candidata. Las consignas que resonaban en las calles capturaban tanto la memoria histórica como las preocupaciones presentes. "El pueblo unido jamás será vencido", gritaban. "La sangre derramada jamás será olvidada". "Perú, te quiero, por eso te defiendo".
Para muchos de los asistentes, la candidatura de Fujimori representaba una continuidad indeseable. Una mujer de 63 años que participó en la marcha explicó su motivación a pesar de los riesgos que implicaba reunirse en medio de la pandemia de COVID-19. Recordó el primer gobierno fujimorista como un período que había beneficiado desproporcionadamente a las grandes empresas mientras erosionaba los derechos de los ciudadanos y los trabajadores. Para ella, la posibilidad de un segundo gobierno de la misma familia política era inaceptable.
Los cuestionamientos a la candidatura iban más allá de la historia política. La misma ciudadana señaló que le resultaba incomprehensible que alguien votara por una persona enfrentando cargos judiciales por lavado de activos y actos delincuenciales. Estos cargos no eran especulación: Fujimori estaba siendo juzgada mientras disputaba la segunda vuelta electoral contra Pedro Castillo, candidato de Perú Libre.
La marcha fue pacífica, pero su mensaje era contundente. Reflejaba una polarización profunda en el país a días de una decisión electoral que definiría el rumbo político del Perú en los años venideros. Los manifestantes no solo rechazaban a una candidata; cuestionaban un legado político, una visión de país, y la posibilidad de que alguien enfrentando acusaciones de delitos graves llegara a la presidencia.
Notable Quotes
Los que hemos vivido el primer gobierno del fujimorismo sabemos que es más de lo mismo: beneficios inigualables a las grandes empresas en contra de los derechos de los ciudadanos y los trabajadores— Mujer de 63 años participante en la marcha
No puedo concebir que haya gente que vote por una persona que está siendo juzgada por lavado de activos y actos delincuenciales— Ciudadana participante en la marcha
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué esta marcha fue importante en ese momento específico del proceso electoral?
Porque ocurría justo antes de la segunda vuelta. Fujimori y Castillo eran los dos finalistas, y la polarización era extrema. Esta movilización buscaba influir en votantes indecisos recordándoles tanto el pasado como los problemas legales presentes.
¿Qué significaba que estuvieran presentes familiares de víctimas de masacres?
Era una invocación de memoria. Barrios Altos y La Cantuta ocurrieron bajo el gobierno de Alberto Fujimori. Su presencia en la marcha contra su hija no era casual; era un recordatorio de que algunos daños no se olvidan.
¿Cómo se explica que una mujer de 63 años saliera a marchar en pandemia?
Porque para ella el riesgo político era mayor que el sanitario. Creía que un gobierno de Fujimori amenazaba algo fundamental. La pandemia era un peligro presente; el fujimorismo era un peligro que ya había vivido.
¿Qué tan coordinada fue esta movilización en diez ciudades?
Suficientemente coordinada como para ser simultánea, pero probablemente más descentralizada que una campaña oficial. Eran colectivos civiles y organizaciones sociales, no un partido político con estructura centralizada.
¿Qué le faltaba a Fujimori para ganar, según esta perspectiva?
Credibilidad. No solo por los cargos judiciales, sino porque representaba continuidad con un período que muchos querían dejar atrás. Para estos manifestantes, el pasado no era pasado.