Centro comunitario impulsa reciclaje participativo en barrio habanero

La gente recuperó la sensación de que podía hacer algo por su barrio
El proyecto movilizó participación comunitaria voluntaria en un contexto donde esta había disminuido significativamente.
Mark

¿Por qué un centro de reciclaje en La Lisa y no en otro municipio de La Habana?

Mimi

La Lisa es periférico, con infraestructura antigua y problemas visibles de gestión de residuos. Pero también tiene algo más importante: estructuras de gobernanza local dispuestas a colaborar. Sin eso, el proyecto no funciona.

Mark

¿Qué hace diferente este modelo de otros intentos de reciclaje que ha habido?

Mimi

Que no fue impuesto. Se consultó con la gente dónde poner los contenedores, cómo organizarse. En un contexto donde la participación ha disminuido, eso es revolucionario. Los niños y niñas fueron los que convencieron a sus padres.

Mark

¿Cuál es el verdadero problema que resuelve?

Mimi

Dos cosas. Una es práctica: solo se recoge el 46 por ciento de los residuos que se generan. La otra es más profunda: la gente había perdido la sensación de que podía hacer algo por su barrio. Este proyecto devolvió eso.

Mark

¿Y el dinero? ¿De dónde sale?

Mimi

De España, principalmente. Asociaciones catalanas y ayuntamientos. Eso es importante porque significa que el municipio no tuvo que elegir entre esto y otras prioridades. Pero también es un riesgo: ¿qué pasa cuando el financiamiento externo se agota?

Mark

¿Qué significa que el 85 por ciento de los residuos se recoja para 2030?

Mimi

Significa que La Lisa dejaría de ser un lugar donde la basura se acumula en las calles y en microvertederos. Significa que la economía circular funciona: los residuos se convierten en materias primas, generan ingresos. Pero es una proyección. Requiere que todo lo demás funcione: la gobernanza, la tecnología, el financiamiento.

Mark

¿Quién se beneficia realmente?

Mimi

La comunidad, porque vive en un barrio más limpio. Las empresas de reciclaje, porque tienen materiales clasificados. Y el municipio, porque reduce costos de gestión. Pero también hay algo menos tangible: la gente recupera agencia. Eso es lo que la vicepresidenta del gobierno local notó.

  • En La Lisa, solo se recoge el 46% de los residuos diarios y los microvertederos proliferan en los barrios, haciendo visible el colapso de la gestión urbana.
  • La desconfianza inicial de los vecinos era real: en un contexto donde la participación comunitaria ha decaído, nadie estaba seguro de que los demás se sumarían.
  • El proyecto instaló puntos limpios con códigos de color internacionales en lugares elegidos por la propia comunidad mediante encuestas, no por decisión de expertos.
  • Un sistema de recogida a domicilio con cajas personalizadas y operarios asignados convierte el reciclaje en un acto cotidiano y concreto, no en una aspiración abstracta.
  • El financiamiento internacional de organizaciones catalanas y ayuntamientos españoles le da al proyecto una base que los recursos locales solos no podrían sostener.
  • El Plan Integral proyecta recoger el 85% de los residuos para 2030, pero el logro más celebrado ya ocurrió: los niños y niñas del barrio convencieron a sus familias de participar.

En los márgenes de La Habana, donde la infraestructura envejece y los residuos se acumulan sin destino claro, un barrio ha elegido hacerse cargo de lo que otros ignoran. El Centro Comunitario de Reciclaje La Lisa Recicla no es solo una respuesta técnica a un problema ambiental: es un experimento en confianza colectiva, donde la pregunta de qué hacer con la basura se convierte en la pregunta más profunda de qué somos capaces de construir juntos. Impulsado por la Fundación Antonio Núñez Jiménez y respaldado por aliados españoles, el proyecto demuestra que la participación ciudadana, cuando se cultiva con paciencia y escucha, puede florecer incluso en los contextos más adversos.

En el barrio Los Avioncitos, dentro del municipio habanero de La Lisa, algo está cambiando sin aspavientos. El Centro Comunitario de Reciclaje La Lisa Recicla nació de una apuesta sencilla y difícil a la vez: que una comunidad puede hacerse cargo de sus propios residuos si se le da la estructura, la confianza y las herramientas para hacerlo. La iniciativa es impulsada por la Fundación Antonio Núñez Jiménez, pero lo que la distingue es que no fue diseñada desde afuera e impuesta: fue construida con la gente.

La Lisa es un municipio de 145 mil habitantes donde solo se recoge el 46% de los residuos generados cada día. Los contenedores cubren menos de la mitad de las necesidades. Los microvertederos son parte del paisaje. En ese contexto, el proyecto instaló puntos limpios en cuatro lugares estratégicos —una bodega, una escuela, el Instituto Finlay de Vacunas y la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano— elegidos no por técnicos sino a través de encuestas a la propia comunidad. Cada contenedor sigue códigos internacionales de color para facilitar la separación desde el origen.

Paralelamente, quienes se registran reciben una caja La Lisa Recicla para depositar sus reciclables en casa. Un operario los recoge en día y horario fijos, los lleva al centro colector para pesarlos y clasificarlos, y los materiales terminan en la cadena estatal de reciclaje. El financiamiento proviene de organizaciones españolas —la Asociación Catalana por la Paz, la Asociación de Cubanos en Cataluña José Martí, y los ayuntamientos de Barcelona y Rubí— lo que le da al proyecto una base que los recursos locales no podrían garantizar solos.

El resultado más inesperado ha sido humano: en un país donde la participación comunitaria ha disminuido con los años, los vecinos se sumaron voluntariamente. Según las responsables del proyecto, fueron especialmente los niños y niñas quienes arrastraron a sus familias. El Plan Integral que el proyecto produjo contempla 58 acciones y proyecta recoger el 85% de los residuos urbanos de La Lisa para 2030, eliminando los microvertederos que hoy contaminan el municipio. Pero antes de llegar a 2030, ya hay algo que celebrar: la convicción, renovada barrio a barrio, de que las cosas pueden ser diferentes.

En el barrio Los Avioncitos, dentro del municipio habanero de La Lisa, un centro comunitario ha comenzado a transformar la forma en que los residentes piensan sobre la basura. No es un cambio espectacular ni ruidoso. Es el tipo de cambio que ocurre cuando alguien decide que las cosas pueden ser diferentes, y luego convence a otros de que vale la pena intentarlo.

El Centro Comunitario de Reciclaje La Lisa Recicla nació de una idea simple pero ambiciosa: crear un sistema cerrado donde los residuos se clasifican desde el origen, se recuperan, se reutilizan o se comercializan, y donde la comunidad participa voluntariamente en cada paso. La iniciativa es impulsada por la Fundación Antonio Núñez Jiménez, una organización no gubernamental que buscaba fortalecer las capacidades locales de gestión de residuos sólidos urbanos. Pero lo que distingue este proyecto es que no fue diseñado en un escritorio y luego impuesto. Fue construido con la gente.

La Lisa es un municipio periférico de La Habana con 145 mil habitantes distribuidos en 37,5 kilómetros cuadrados. La infraestructura es antigua. La red de agua tiene fugas. Actualmente, solo se recoge el 46 por ciento de los residuos sólidos que se generan diariamente, unos 740 metros cúbicos de un total de aproximadamente 1.600. Los contenedores de basura cubren apenas el 49,6 por ciento de las necesidades. En este contexto, el deterioro ambiental es visible: microvertederos proliferan en los barrios, la higiene se ha deteriorado. Una residente de la zona, que vive cerca de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, recordó cómo fue testigo de este declive durante años. Cuando el proyecto comenzó, no estaba segura de que sus vecinos se motivarían a participar.

Pero lo hicieron. El proyecto instaló lo que se llaman puntos limpios: contenedores ubicados en lugares estratégicos y bien iluminados donde la comunidad puede depositar residuos ya separados. Cada contenedor tiene un color según códigos internacionales: azul para papel y cartón, verde para vidrio, gris para metales, negro para residuos inorgánicos, blanco para otros materiales. La ubicación de estos puntos no fue decidida por expertos. Fue consultada con la población a través de encuestas en redes sociales. Los puntos limpios terminaron en cuatro lugares: una bodega de barrio, el Instituto Finlay de Vacunas, una escuela secundaria básica y la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. Cada ubicación fue elegida porque ofrecía iluminación, protección y accesibilidad.

Además de los puntos limpios, el proyecto implementó un sistema de recogida a domicilio. Las personas que se registran reciben una caja La Lisa Recicla donde depositan sus residuos reciclables. Un operario los recoge en un día y horario específico, los traslada al centro colector para pesarlos y clasificarlos profesionalmente. Luego, los materiales van a la Empresa Provincial de Servicios Comunales, que tiene contrato con la Empresa de Materias Primas del municipio, la entidad estatal responsable del reciclaje.

El financiamiento proviene de organizaciones españolas: la Asociación Catalana por la Paz, la Asociación de Cubanos en Cataluña José Martí, y los ayuntamientos de Barcelona y Rubí. Este apoyo internacional permitió que el proyecto no dependiera únicamente de recursos locales limitados. Semanalmente, en diálogo con autoridades municipales, se recogen materiales reciclables en las circunscripciones 71 y 81, mejorando la gestión de residuos y promoviendo la participación ciudadana.

El proyecto también produjo un Plan Integral de gestión de residuos sólidos para La Lisa, con 58 acciones adaptadas a las realidades del territorio. El plan está estructurado en cuatro ejes: institucionalidad y gobernanza, tecnología e infraestructura, comunicación y participación, y financiamiento e incentivos. La proyección es ambiciosa: para 2030, recoger el 85 por ciento de los residuos sólidos urbanos y eliminar los microvertederos que actualmente contaminan el municipio.

Según Mónica Saura, del programa Naturaleza y Comunidad de la FANJ, el mayor logro ha sido la movilización comunitaria y la incorporación voluntaria de personas, impulsadas especialmente por niños y niñas. Milay Gallardo, vicepresidenta del gobierno local de La Lisa, señaló que el impacto ha sido ideal no solo para la clasificación de residuos, que genera utilidad económica y circulación de ingresos, sino también para la incorporación voluntaria de las personas en el mantenimiento de comunidades limpias. En un país donde la participación comunitaria ha disminuido a lo largo de los años, este resultado es significativo.

Cuando todo comenzó, no pensé que las personas se motivarían. He sido testigo del deterioro de la higiene ambiental y la proliferación de microvertederos
— Residente del barrio Los Avioncitos
El mayor resultado ha sido la movilización comunitaria y la creciente incorporación voluntaria de personas, impulsadas por niñas y niños
— Mónica Saura, programa Naturaleza y Comunidad de la FANJ
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