A tres meses de unas elecciones presidenciales que definirán el rumbo de la mayor democracia de América Latina, Brasil ha trazado una línea diplomática: ningún funcionario extranjero discutirá la integridad de sus urnas en suelo brasileño si existe sospecha de coordinación con la oposición. La negativa de visas a dos enviados estadounidenses no es solo un gesto de soberanía, sino el reflejo de una desconfianza más profunda entre los gobiernos de Lula y Trump, alimentada por aranceles, alianzas ideológicas y la larga sombra del bolsonarismo.