En septiembre, Brad Pitt convirtió la alfombra roja del Festival de San Sebastián en algo más que un ritual cinematográfico: durante dos horas, acompañado por Inés de Ramón, transformó las calles de Donostia en un espejo de la fascinación colectiva que Hollywood sigue ejerciendo sobre la cultura europea. El festival, reconociendo en ese gesto una forma de generosidad pública, premió al actor por su entrega al público local. Lo que ocurrió allí no fue solo un desfile de celebridades, sino una pregunta silenciosa sobre qué sostiene hoy la relevancia de los grandes festivales de cine.