En las costas bálticas de Gotland, Suecia, setenta y siete esqueletos neolíticos sin cráneo guardaron silencio durante siete mil años mientras la humanidad moderna los malinterpretaba como víctimas de violencia. Los arqueólogos han llegado finalmente a una conclusión que invierte esa lectura: los cráneos fueron separados con cuidado y propósito, como parte de un ritual de veneración a los antepasados que convertía los huesos en puentes entre los vivos y los muertos. Este hallazgo nos recuerda que el impulso humano de honrar a quienes nos precedieron es tan antiguo como la propia civilización,