Cada verano, la comodidad tecnológica abre nuevas puertas a quienes saben explotarla. En bares, parkings y playas de España, los códigos QR —esos pequeños cuadrados que prometían simplificarnos la vida— se han convertido en el último vector de engaño masivo: los ciberdelincuentes los falsifican con pegatinas para redirigir a víctimas desprevenidas hacia páginas que les roban identidad, dinero y privacidad. La técnica, llamada 'quishing', nos recuerda que la confianza depositada en lo físico y lo visible puede ser tan frágil como cualquier otro eslabón de la cadena digital.