A los 119 años, José Flores Flores camina cada mañana por las calles de la Península de Nicoya con la parsimonia de quien ha aprendido que la vida no se conquista sino que se habita. Su posible condición de persona más longeva del planeta no descansa en ningún descubrimiento extraordinario, sino en la acumulación silenciosa de hábitos ordinarios: trabajo, fe, comida sencilla y cercanía familiar. En un mundo que busca la inmortalidad en laboratorios y suplementos, José la encontró en el gallo pinto de cada mañana.