Žižek: «La sabiduría es una absoluta estupidez conformista»

La sabiduría es una absoluta estupidez conformista
Žižek rechaza la idea de que la edad aporta sabiduría, viéndola como justificación del conformismo.
Mark

Usted dice que no podemos pensar en un mundo mejor, solo en supervivencia. ¿No es eso una rendición?

Mimi

No es rendición, es realismo. La rendición sería seguir fingiendo que el viejo sistema funciona, que la democracia liberal resolverá todo. Eso es lo que nos ha traído aquí.

Mark

Pero si abandonamos la idea de un mundo mejor, ¿qué nos motiva a actuar?

Mimi

La supervivencia es suficiente motivación. Cuando tu casa se quema, no necesitas un plan para la casa perfecta. Necesitas agua y extintores. Ahora mismo estamos en fuego.

Mark

¿Entonces admira a Trump?

Mimi

Admiro que haya nombrado lo que otros niegan. Pero sus soluciones son equivocadas. Lo que importa es que reconoció que estamos en emergencia. La izquierda sigue fingiendo que podemos volver a 1995.

Mark

¿Y la democracia? ¿Realmente cree que es ineficiente?

Mimi

En emergencia, sí. Mire la pandemia. España tomó decisiones centralizadas y funcionó. La democracia es valiosa, pero no puede ser el único mecanismo. Necesitamos velocidad y coordinación global que los parlamentos no pueden dar.

Mark

¿Eso no suena a autoritarismo?

Mimi

Suena a supervivencia. China no es democrática, pero sus líderes piensan en 2050, no en 2026. Eso es lo que necesitamos ahora, aunque me duela decirlo.

Mark

Una última cosa: ¿realmente odia la sabiduría?

Mimi

Absolutamente. La sabiduría es conformismo disfrazado. Es lo que dicen los viejos para justificar por qué no cambian nada. Yo prefiero trabajar, pensar, equivocarme, hasta el último día.

  • Žižek declara que los tres megaproblemas de nuestro tiempo —guerra nuclear, colapso ecológico e inteligencia artificial— convergen simultáneamente mientras la humanidad se vuelve, según los datos, literalmente más estúpida.
  • La democracia liberal, advierte, pierde eficacia ante las emergencias: gobernar por decreto puede ser más efectivo que el debate parlamentario, una afirmación que él mismo reconoce como perturbadora.
  • La izquierda, atrapada en la nostalgia del Estado de bienestar y en las guerras culturales del movimiento woke, no ha comprendido que Trump no fue un accidente sino el fin de una era entera.
  • Žižek propone que el capitalismo debe someterse a un control colectivo más fuerte, articulado primero a escala paneuropea y luego global, aunque admite con honestidad que es pesimista sobre las posibilidades reales de lograrlo.

A sus 76 años, el filósofo esloveno Slavoj Žižek ofrece un diagnóstico sin concesiones: la era de la socialdemocracia liberal ha concluido y la humanidad se adentra en un territorio de emergencias simultáneas —nuclear, ecológica, tecnológica— para las que las instituciones actuales no están preparadas. Desde una tradición marxista y psicoanalítica, Žižek no propone consuelo sino lucidez: sobrevivir colectivamente exige formas de cooperación global que aún no sabemos inventar, y la izquierda, si no las encuentra, desaparecerá junto con el mundo que pretendía transformar.

Slavoj Žižek no disfruta de las fiestas, ni de las cenas largas, ni siquiera de dar clase. A los 76 años se describe como cada vez más misántropo, y esa misantropía no es pose: es el punto de partida de una filosofía que rechaza el consuelo fácil. En su último libro, Contra el progreso, y en una entrevista por videoconferencia, el pensador esloveno —marxista, hegeliano, lacaniano— expone una visión del mundo que incomoda por igual a progresistas y conservadores.

Su diagnóstico central es severo: los viejos tiempos de la socialdemocracia liberal europea han terminado. La humanidad enfrenta tres megaproblemas simultáneos —guerra nuclear, colapso ecológico e inteligencia artificial— mientras los estudios sobre cociente intelectual revelan que, desde 2010, la mayoría de las personas razona cada vez menos, absorbida por lo digital. Los mercados no pueden resolver esto. Se necesita cooperación global obligatoria, mecanismos que trasciendan las fronteras nacionales. Žižek es honesto: no sabe cómo implementarlo y es pesimista. Aún no hemos sufrido una amenaza lo suficientemente fuerte como para tomarnos en serio las catástrofes que nombramos.

Sobre Trump, Žižek es deliberadamente provocador: lo que le interesa no es su agenda, sino que proclamó la emergencia nacional. Lo hizo por razones equivocadas, obsesionado con las fronteras, pero al menos reconoció que vivimos en estado de excepción. Gobernar por decreto en tiempos de crisis puede ser más eficaz que la democracia tradicional. Lo dice sabiendo que es problemático. Lo que admira de China, sin romantizar su autoritarismo, es la capacidad de pensar a largo plazo, más allá del ciclo electoral.

Sobre la izquierda, su crítica es implacable: soñaba con la decadencia del neoliberalismo cuando llegó Trump y fue más lejos, clausurando el modelo que Nixon inauguró en 1971. La izquierda debe dejar de esperar un retorno al Estado de bienestar anterior —ese mismo modelo la condujo al neoliberalismo— e inventar algo nuevo: formas de someter el capitalismo a un control colectivo más fuerte, primero paneuropeo, luego global. Si no lo hace, desaparecerá.

Sobre la cultura woke, Žižek rechaza la cancelación: quienes dicen promover la inclusión excluyen a quienes no aceptan su definición de ella. Es, dice, gente de clase media alta apuntando a gente de clase baja. Y cuando se le pregunta por la sabiduría que supuestamente trae la vejez, responde con una exclamación: la odia. La sabiduría le parece conformismo disfrazado. Quiere trabajar hasta el final, dormirse pensando que mañana será otro día, y no despertar.

Slavoj Žižek no va a las fiestas. No le gusta charlar de pie en rincones, no soporta las cenas largas, ni siquiera disfruta dando clase. A los 76 años, el filósofo esloveno se describe a sí mismo como cada vez más misántropo. "Odio a la gente", dice sin rodeos. También odia la sabiduría, la idea de una muerte lenta, y tiene poco tiempo para los matices. Es un agitador de conciencias que navega con soltura por aguas políticamente incorrectas, siempre dispuesto a provocar, a soltar sus ideas más incómodas con un aviso previo: "Sé que esto va a ser polémico".

En una entrevista por videoconferencia, Žižek —marxista, heredero del idealismo hegeliano y del psicoanálisis lacaniano— expone una visión del mundo que rechaza tanto el optimismo progresista como las soluciones convencionales. Ha publicado más de 50 libros, entre ellos El sublime objeto de la ideología y Demasiado tarde para despertar, y acaba de lanzar Contra el progreso, una recopilación de ensayos que cuestiona lo que se nos presenta como avance inevitable. Su mensaje central es inquietante: los viejos tiempos de la socialdemocracia liberal europea han terminado. No podemos pensar en un mundo mejor. Debemos pensar en supervivencia.

La humanidad enfrenta tres megaproblemas simultáneos: guerra nuclear, colapso ecológico e inteligencia artificial. Mientras tanto, los estudios sobre cociente intelectual muestran una tendencia clara desde 2010: la mayoría de la humanidad se está volviendo literalmente más estúpida. Dependemos tanto de lo digital que pensamos y razonamos cada vez menos. Para Žižek, esto no es un problema que los mercados puedan resolver. Requiere cooperación global obligatoria, mecanismos de coordinación que traspasen las fronteras nacionales. Cuando se le pregunta cómo implementar esto, es honesto: es pesimista. Vivimos en una era del desconocimiento. Hablamos de catástrofes pero no nos las tomamos en serio. Queremos gastar un poco más en ecología mientras mantenemos nuestras vidas relativamente cómodas. Aún no hemos sufrido una amenaza lo suficientemente fuerte.

Lo que sí le interesa de Donald Trump —y aquí Žižek es deliberadamente provocador— es que proclamó la emergencia nacional. Lo hizo por razones equivocadas, obsesionado con las fronteras, pero al menos reconoció que vivimos en estado de emergencia. Gobernar por decreto en tiempos de crisis, como hizo Trump y como España hizo durante la pandemia, puede ser más eficaz que la democracia tradicional. Esto lo dice sabiendo que es problemático. Apoya la democracia, necesita libertad de prensa genuina y feedback real del poder, pero reconoce que ante una emergencia, la gente prefiere eficiencia. Lo que admira de China, sin romantizar su falta de democracia, es que sus líderes piensan a largo plazo, no en cómo sobrevivir los próximos cuatro años. Es una cuestión de supervivencia.

Sobre la izquierda, Žižek tiene críticas duras. Estaba soñando con la decadencia del neoliberalismo cuando llegó Trump y fue más allá, aboliendo efectivamente el modelo que Nixon inauguró en 1971. La era neoliberal se acabó. La izquierda debe dejar de imaginar que Trump es un error y que podemos volver al Estado de bienestar anterior. Ese modelo los condujo al neoliberalismo. Ahora la izquierda debe inventar algo nuevo o desaparecerá. Debe pensar en someter el mercado y el capitalismo a un control colectivo más fuerte, incluso si eso significa un Estado más fuerte, aunque no el Estado nación tradicional. Debe ser paneuropeo primero, luego global.

Sobre la cultura woke, Žižek está contra la cancelación. Observa que quienes practican esta cultura dicen promover diversidad e inclusión, pero lo que hacen es excluir a quienes no aceptan su definición de inclusión. Es gente de clase media alta apuntando a gente de clase baja. También rechaza que todo gire en torno al consentimiento en las relaciones sexuales. La verdadera violencia y explotación pueden asumir la forma de algo consentido. Cree que el sexo es algo íntimo, no una transacción.

Cuando se le pregunta sobre la sabiduría que supuestamente trae la edad, Žižek es categórico: la odia. "¡La sabiduría es una absoluta estupidez conformista!", exclama. Es un workaholic que vive para trabajar, no trabaja para vivir. A los 76 años, necesita dormir mucho y está perdiendo facultades. No le gusta. Cuando se le pregunta si piensa en la muerte, dice que no, pero que quiere morir como su amigo Fredric Jameson: de un ataque al corazón, de repente. Odia la idea de morir lentamente, pensando en su legado. Quiere trabajar hasta el final, dormirse pensando que mañana será otro día y no despertar. Si se enterara de que alguien cercano murió en un accidente instantáneo, seguiría trabajando en su ordenador. Pero una muerte lenta y dolorosa es insoportable. Probablemente se quitaría la vida antes que enfrentarla.

Los viejos buenos tiempos de la socialdemocracia liberal pasaron. No podemos hablar de un mundo mejor, sino de supervivencia colectiva.
— Slavoj Žižek
La izquierda estaba soñando con la decadencia del neoliberalismo y llegó Trump y fue más allá. Trump es el que ha abolido, más o menos, el neoliberalismo.
— Slavoj Žižek
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