Cada semana, el escenario de Yo Me Llamo plantea una pregunta antigua: ¿puede un ser humano habitar completamente la voz y el alma de otro? El 27 de agosto, diez imitadores intentaron responderla ante un jurado que busca algo más que precisión técnica. Entre lágrimas genuinas y desafinaciones reveladoras, la noche recordó que copiar una voz es un oficio, pero capturar una esencia es casi un acto de fe.