En un momento en que la competencia tecnológica y comercial entre las dos mayores potencias del mundo amenaza con convertirse en confrontación abierta, Xi Jinping viaja a Washington para sentarse frente a Donald Trump y preservar el único recurso que ningún algoritmo puede reemplazar: el diálogo directo. El viaje no es una señal de acuerdo, sino de conciencia compartida ante el abismo que se abre cuando dos civilizaciones dejan de hablarse. Lo que se negocia en esta visita no son solo aranceles ni patentes de inteligencia artificial, sino la arquitectura misma de un orden global que aún no ha