En el transcurso de apenas unos días, Noruega despidió a dos figuras que habían encarnado la continuidad de su monarquía: primero al rey Harald V, y luego a su hermana, la princesa Astrid, fallecida a los 94 años. Astrid no gobernó ni ocupó cargos de Estado, pero fue testigo silenciosa de casi un siglo de historia noruega, una presencia constante que sostenía la memoria viva de la dinastía. Su muerte, discreta como lo fue su vida, deja un vacío que no es político sino humano, el tipo de ausencia que solo se comprende cuando ya no está quien siempre estuvo.
Wilma, la perra que espera a la princesa Astrid
Fallecimiento de la princesa Astrid de Noruega a los 94 años, generando duelo en la familia real noruega.