En las montañas de Wyoming, Kevin Warsh inauguró su era al frente de la Reserva Federal con un diagnóstico honesto y una respuesta deliberadamente incompleta: la inflación supera el objetivo del 2% y exige atención prioritaria, pero el nuevo presidente se niega a convertir esa urgencia en promesas concretas. Su silencio estratégico no es evasión, sino doctrina: una Fed que habla menos y actúa con más convicción cuando llega el momento. Los mercados, acostumbrados a leer entre líneas, deberán aprender a navegar en aguas más opacas.