A los 96 años, Warren Buffett cede la presidencia de Berkshire Hathaway, la empresa que transformó de una fábrica textil en declive a un conglomerado de un billón de dólares en poco más de medio siglo. El relevo no es una ruptura sino una arquitectura cuidadosamente diseñada: su hijo Howard custodiará la cultura, Greg Abel conducirá las operaciones, y Buffett permanecerá como presidente emérito, testigo silencioso de lo que sembró. Lo que el mercado observa con cautela no es el fin de un hombre, sino la pregunta eterna de si una institución puede sobrevivir al genio que la creó.