En el umbral del invierno europeo, el gas natural vuelve a convertirse en árbitro silencioso de la prosperidad continental. España, quemando combustible a ritmos no vistos desde la invasión rusa de Ucrania, encarna la fragilidad estructural de una economía que aún no ha roto sus cadenas energéticas. Con reservas al 65% y precios que amenazan superar los 100 euros por megavatio hora, los mercados bursátiles europeos se asoman a un cuarto trimestre donde la incertidumbre energética podría redefinir el valor de las carteras de inversión.