En una encrucijada entre la historia industrial y las nuevas urgencias del mundo, Volkswagen ha acordado ceder su planta de Osnabrück —durante décadas símbolo de la manufactura automotriz alemana— a un consorcio formado por un grupo inversor israelí y el estado de Baja Sajonia, con el propósito de reconvertirla en instalación de producción de defensa y componentes aéreos. La transacción no es simplemente un movimiento corporativo: es un espejo de cómo las tensiones geopolíticas de nuestra era están reescribiendo el destino de fábricas, comunidades y naciones enteras. Lo que alguna vez ensambló