Una marca que nació para dar identidad automovilística a España enfrenta, en plena salud comercial, la posibilidad de ser disuelta por la misma corporación que la sostiene. Volkswagen estudia cerrar Seat a finales de 2029, no porque los compradores la hayan abandonado —38.603 matriculaciones en el primer semestre de 2026 lo desmienten— sino porque dentro del grupo ha crecido una alternativa más rentable y con mayor proyección global. Es la paradoja de nuestro tiempo industrial: una marca puede morir no por fracasar ante el público, sino por resultar prescindible ante los accionistas.