Viña del Mar, ciudad costera que alguna vez prometió ser un espacio de encuentro y calidad de vida, ha cedido silenciosamente su alma al automóvil. Décadas de decisiones que privilegiaron el vehículo privado sobre el peatón han transformado sus calles, playas y plazas en extensos depósitos de máquinas. Un académico de arquitectura advierte que el problema no es el tráfico en sí, sino la pregunta más profunda que la ciudad se niega a hacerse: ¿para quién existe realmente el espacio público?