La crisis de 2008 desencadenó desconfianza institucional que persiste, agravada por incertidumbre sobre guerras, IA e información poco fiable. Jóvenes formados no encuentran empleo ni vivienda accesible, perdiendo esperanza en el futuro y alimentando giros políticos autoritarios.
Victoria Camps: «Bajar impuestos es una polémica absurda, el debate es quién paga más»
La desconfianza nace de la incapacidad de resolver los problemas
¿Por qué Camps insiste tanto en que la desconfianza no tiene un objetivo político concreto? Parece que sí lo tiene.
Lo que ella quiere decir es que no es un voto de castigo contra un partido específico. Es una desconfianza generalizada hacia el sistema completo. Hacia las instituciones, hacia el Estado del bienestar, hacia la capacidad de cualquiera de resolver nada.
Pero eso es una afirmación bastante amplia. ¿Tiene datos sobre cuánta gente desconfía de qué? Porque es posible que haya sectores que confían más en unas instituciones que en otras.
Tienes razón. Ella habla de un clima generalizado, pero no especifica números. Lo que sí documenta es que jóvenes con buena formación no encuentran trabajo ni vivienda, y eso es verificable.
¿Y por qué culpa a la izquierda de haber abandonado la lucha por la redistribución de la riqueza?
Porque dice que se han enfocado demasiado en políticas identitarias, en el reconocimiento de grupos específicos, en lugar de en la igualdad económica general.
Pero eso es una crítica política, no un análisis. Muchos en la izquierda dirían que las políticas identitarias son parte de la igualdad económica, que no se pueden separar.
Claro. Camps está expresando una opinión sobre dónde debería estar el énfasis. No es un hecho objetivo.
¿Qué le parece a Camps que se podría hacer ahora mismo?
Dice que necesitamos reconstruir una ilusión colectiva de futuro. Que necesitamos un ethos compartido, una moralidad reconocible.
Pero eso es muy abstracto. ¿Cómo se construye eso en la práctica? ¿Qué políticas concretas propone?
No las especifica en lo que hemos visto. Habla de la necesidad de adaptar el Estado del bienestar a nuevas realidades, de debatir de verdad quién paga impuestos, de hacer esfuerzos reales de integración.
Entonces lo que tenemos es un diagnóstico muy claro pero sin prescripción clara. Eso es honesto, al menos.
Il Polso
- La crisis de 2008 desencadenó desconfianza institucional que persiste
- Jóvenes formados no encuentran empleo ni vivienda accesible
- El Estado del bienestar lleva años estancado sin responder a nuevas necesidades
- Las desigualdades han aumentado dentro de las sociedades desarrolladas
La crisis de 2008 desencadenó desconfianza institucional que persiste, agravada por incertidumbre sobre guerras, IA e información poco fiable. Jóvenes formados no encuentran empleo ni vivienda accesible, perdiendo esperanza en el futuro y alimentando giros políticos autoritarios.
La filósofa Victoria Camps examina cómo la desconfianza generalizada hacia instituciones y la incapacidad política de resolver problemas sociales alimentan el autoritarismo y erosionan la democracia.
Victoria Camps, catedrática emérita de la Universidad de Barcelona y una de las pensadoras éticas más reconocidas en España, ha pasado décadas observando cómo funciona la confianza en una sociedad. Ahora, en su nuevo libro La sociedad de la desconfianza, diagnostica un mal que atraviesa las democracias occidentales: no es que desconfiemos de un partido o un político concreto, sino que hemos perdido la fe en las instituciones mismas, en el sistema que las sostiene, en la capacidad colectiva de resolver lo que nos aqueja.
La raíz de esta erosión, según Camps, no es única ni simple. La crisis económica de 2008 fue el detonante, pero lo que vemos ahora es algo más profundo: una sensación generalizada de impotencia frente a cambios que no controlamos. Las guerras persisten. La inteligencia artificial promete progreso pero también complica la vida cotidiana. La información circula sin que sepamos si es confiable. El Estado del bienestar, ese logro europeo que prometía seguridad, lleva años estancado. Y en medio de todo esto, hemos abrazado una idea de libertad cada vez más egoísta, más individualista, donde cada uno busca resolver sus problemas por su cuenta en lugar de unirse para luchar por un bien común.
Esta desconfianza no es abstracta. Tiene consecuencias visibles en la vida de millones de personas. Los jóvenes españoles, mejor formados que ninguna generación anterior, descubren cuando llegan a la edad adulta que el trabajo que esperaban no existe, que la vivienda es inaccesible, que no pueden iniciar un proyecto de vida. Cuando las expectativas que una sociedad crea en sus ciudadanos no se cumplen, la confianza desaparece. Y con ella, la ilusión por el futuro. Esa frustración, según Camps, es el caldo de cultivo perfecto para el autoritarismo. Las personas que se sienten impotentes buscan a alguien con poder que prometa resolver las cosas. No importa que los problemas sean globales y requieran pactos y soluciones colectivas; la esperanza se deposita en la voluntad de un líder fuerte.
El fenómeno es visible en todo el mundo. Donald Trump canaliza el descontento ofreciendo explicaciones simples: los inmigrantes son el problema. Es una idea absurda, dice Camps, pero funciona políticamente porque le da al descontento una respuesta clara. En España, el crecimiento de Vox responde al mismo patrón: desconfianza hacia los partidos tradicionales que no han sabido responder a las necesidades actuales, sumado a una falta de ejemplaridad de las élites políticas.
Camps critica especialmente a la izquierda por haber abandonado la lucha por la redistribución de la riqueza y la igualdad económica en favor de políticas identitarias. El reconocimiento de identidades es importante, dice, pero la igualdad económica y social es más fundamental. Y en ese terreno, los avances han sido insuficientes. Las desigualdades dentro de las sociedades desarrolladas han aumentado, no disminuido.
Un ejemplo concreto: el acceso a la vivienda. Otro: la falta de un sistema público de cuidados que responda al envejecimiento de la población. Un tercero: la ausencia de respuestas políticas reales a los movimientos migratorios. En cada caso, lo que Camps observa es lo mismo: improvisaciones, declaraciones que no se ejecutan, una brecha entre lo que se promete y lo que se entrega. Eso genera desconfianza.
Sobre los impuestos, Camps es directa. La reducción de impuestos se ha convertido en una polémica absurda, dice. No puede haber redistribución de la riqueza sin impuestos. El Estado del bienestar no puede sostenerse sin ellos. El debate real debería ser quién debe pagar más y quién debe pagar menos, pero ese debate no está ocurriendo. En su lugar, hay consignas simples que evitan la pregunta incómoda.
Al final, lo que Camps reclama es un ethos compartido, una moralidad colectiva reconocible. Decimos defender derechos humanos pero muchas veces no actuamos en consecuencia. Esa incoherencia es especialmente visible en quienes tienen más poder y visibilidad: las élites políticas. Sin una forma de actuar que sea reconocible y de la que podamos sentirnos orgullosos, sin esperanza en que somos capaces de cambiar lo que no funciona, la ética misma desaparece. Y sin ética, la democracia no puede sostenerse.
Citazioni salienti
Bajar impuestos se ha convertido en una polémica absurda. El debate real debería centrarse en quién debe pagar más impuestos y quién debe pagar menos.— Victoria Camps
Lo que falta es un ethos, una moralidad compartida, una forma de actuar que sea reconocible y de la que podamos sentirnos orgullosos.— Victoria Camps