Viajar a Japón será más caro: restricciones locales y volatilidad del yen complican el acceso

El yen se desmorona en los mercados globales
Dos fuerzas convergen para encarecerlo: restricciones locales cada vez más severas y una moneda que se desmorona en los mercados globales.
Mark

¿Por qué China decidió desalentar a sus ciudadanos de viajar a Japón con advertencias repetidas?

Mimi

Fue una respuesta política a las declaraciones de la Primera Ministra sobre defensa militar en caso de conflicto por Taiwán. Pekín lo vio como una provocación alineada con Trump, así que usó el turismo como herramienta de presión.

Mark

¿Qué tan grave es perder un tercio de los visitantes?

Mimi

Enormemente grave. Esos turistas chinos gastan dinero, ocupan hoteles, comen en restaurantes. Cuando desaparecen, toda una cadena económica sufre.

Mark

Las restricciones locales parecen casi punitivas. ¿Los japoneses realmente quieren menos turismo?

Mimi

No menos turismo, sino turismo mejor comportado. Cansados de ver gente comiendo en la calle, bloqueando monumentos para fotos, faltando al respeto. Algunos lugares perdieron paciencia y simplemente cerraron festivales enteros.

Mark

¿Y el yen? ¿Por qué se depreció tanto?

Mimi

Múltiples razones convergen: deuda pública enorme, población envejecida, economía estancada. Pero lo más importante es el carry trade: inversores globales toman dinero barato en yenes para invertir en monedas más fuertes. Eso presiona el yen hacia abajo.

Mark

¿Bessent logró lo que quería?

Mimi

Parcialmente. Consiguió que Japón subiera tasas, pero el yen siguió cayendo. Entonces intervino directamente con dinero estadounidense, algo que no hacía desde hace casi cincuenta años.

Mark

¿Funcionó la intervención?

Mimi

Temporalmente. Mejora del tres punto sesenta y nueve por ciento en dos días. Pero el noventa y cinco por ciento de los operadores de mercado piensa que sin cambios más profundos, volverá a caer.

Mark

¿Qué significa esto para alguien que quiere viajar a Japón ahora?

Mimi

Que el viaje es cuatro por ciento más caro de lo que era hace una semana. Y probablemente seguirá siendo caro. Pero Japón sigue siendo Japón.

  • El yen tocó su nivel más bajo en cuarenta años —163,86 por dólar— empujado por el carry trade global, la deuda pública japonesa que supera el 200% del PBI y el encarecimiento del petróleo por el conflicto entre EE.UU. e Irán.
  • Japón responde al turismo masivo con restricciones sin precedentes: acceso limitado al Monte Fuji, festivales cancelados, tarifas diferenciales para extranjeros y hasta treinta días de cárcel por fotografiar sin permiso.
  • El Tesoro estadounidense y el Banco de Japón coordinaron una intervención histórica de entre noventa y cien mil millones de dólares para sostener el yen, usando una táctica inusual: avisar de antemano y operar en euros en lugar de dólares.
  • La mejora del 3,69% en dos días fue real pero frágil: el 95% de los actores del mercado encuestados por Reuters duda de que sea sostenible sin una suba significativa y duradera de la tasa de referencia del BoJ.
  • Para el viajero argentino, el resultado práctico es un Japón aproximadamente cuatro por ciento más caro tras la intervención, con burocracia aduanera más compleja y una advertencia implícita: quien quiera ir, que no espere.

Japón, ese archipiélago que durante décadas sedujo al mundo con su orden y su belleza, atraviesa una paradoja contemporánea: cuanto más lo desean los viajeros, más se cierra y más caro se vuelve. La confluencia de un yen en caída libre —arrastrado por décadas de deuda, demografía envejecida y especulación global— y una sociedad que endurece sus fronteras culturales ante el turismo masivo, convierte al país en un destino cada vez más exigente para quienes sueñan con él. Las intervenciones coordinadas entre Washington y Tokio ofrecen alivio momentáneo, pero no resuelven las tensiones estructurales que subyacen a esta transformación.

Japón se ha convertido en destino de ensueño para miles de argentinos, pero alcanzarlo se vuelve cada vez más complicado. Dos fuerzas convergen para encarecerlo: restricciones locales cada vez más severas y un yen que se desmorona en los mercados globales.

Las tensiones diplomáticas con China —tras las declaraciones de la Primera Ministra Takaichi sobre Taiwán— redujeron el flujo de visitantes chinos, que representan casi un tercio del turismo anual. Pero los propios japoneses también endurecieron su postura frente al turismo masivo: festivales cancelados, barreras en puntos fotográficos icónicos, reservas obligatorias y sanciones penales por fotografiar sin permiso. A eso se suman tarifas diferenciales para extranjeros en castillos y museos, el acceso al Monte Fuji cuadruplicado en precio y limitado a cuatro mil personas diarias, y la eliminación del descuento inmediato del IVA en tiendas.

El problema más profundo, sin embargo, es el yen. La moneda se desplomó a mínimos de cuarenta años por una combinación de deuda pública superior al 200% del PBI, población envejecida, carry trade global y el encarecimiento del petróleo. En mayo, el Secretario del Tesoro Scott Bessent viajó a Tokio para presionar por una suba de tasas; el Banco de Japón respondió en junio elevando su tasa de referencia al 1%, máximo en treinta y un años. Aun así, el yen siguió cayendo.

La intervención decisiva llegó a fines de julio: el Tesoro estadounidense y el BoJ coordinaron compras masivas de yenes por entre noventa y cien mil millones de dólares en dos días, logrando una mejora del 3,69%. Fue una operación inusual —se anunció de antemano y se operó en euros— y Trump la celebró en redes como un gesto de amistad hacia Japón. Pero el 95% de los analistas encuestados por Reuters duda de su sostenibilidad sin reformas estructurales. Por ahora, Japón sigue valiendo la pena. Pero conviene no demorar el viaje.

Japón se ha convertido en destino de ensueño para miles de argentinos, especialmente jóvenes atraídos por la cultura pop coreana y las series de televisión. Pero alcanzar ese sueño se vuelve cada vez más complicado y costoso. Dos fuerzas convergen para encarecerlo: restricciones locales cada vez más severas y una moneda que se desmorona en los mercados globales.

La tensión comenzó en noviembre pasado cuando la Primera Ministra Sanae Takaichi advirtió al Parlamento que Japón respondería militarmente si China usaba la fuerza para reclamar Taiwán. Pekín reaccionó furioso. Lo que siguió fue una campaña de desaliento dirigida a sus ciudadanos: advertencias repetidas ocho veces sobre inseguridad en Japón, con reembolsos del cien por ciento para quienes cancelaran vuelos. Cuando casi un tercio de los visitantes anuales proviene de China, cualquier merma es significativa.

Pero los chinos no son los únicos que enfrentan obstáculos. Los propios japoneses, cansados de comportamientos inapropiados de turistas extranjeros, han comenzado a imponer restricciones cada vez más duras. En abril, una posada en Kioto pidió a turistas israelíes que firmaran formularios declarando que no habían cometido crímenes de guerra. Meses después, un hotel en Nagano rechazó directamente a visitantes israelíes. Funcionarios aparecen en las calles advirtiendo sobre malos modales: comer mientras se camina, usar teléfonos en transporte público, bloquear calles. Se han cancelado festivales como el Sakura en Fujiyoshida, que atraía doscientos mil visitantes, por falta de respeto a la propiedad privada. Cámaras monitorean aglomeraciones. Barreras bloquean puntos de foto en el Monte Fuji y puentes de Tokio. Las reservas anticipadas se vuelven obligatorias en más lugares.

Luego vienen los golpes al bolsillo. Castillos, museos y transporte ahora cobran tarifas diferenciales para turistas. El castillo Himeji cuesta cincuenta por ciento más. El acceso al Monte Fuji se cuadruplicó y se limitó a cuatro mil personas diarias. Kioto y otras ciudades incrementaron impuestos hoteleros. Fotografiar calles o viviendas sin permiso puede resultar en treinta días de cárcel. Fotografiar una Maiko sin consentimiento trae intervención policial. El impuesto de salida se triplicó a tres mil yenes, unos diecinueve dólares. Y el cambio más significativo: la devolución del IVA, que antes era descuento inmediato del diez por ciento en compras mayores a cinco mil yenes, ahora debe tramitarse en el aeropuerto mediante tarjeta de crédito o billetera virtual, con productos en bolsa sellada.

Pero el verdadero problema no es la burocracia ni las restricciones. Es el yen. En mayo, el Secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent viajó a Tokio para presionar a la funcionaria Satsuki Katayama. Japón depende de importaciones de energía y alimentos, así que la debilidad de su moneda dispara precios para empresas y consumidores. El yen se había desplomado a ciento sesenta y tres punto ochenta y seis por dólar, mínimo desde octubre de mil novecientos ochenta y cinco. Varios factores lo hundieron: la economía japonesa enfrenta deuda pública superior al doscientos por ciento del PBI, población envejecida, crecimiento estancado. El carry trade global favorito es tomar dinero en yenes para invertir en monedas más fuertes. El Banco Central Japonés recompró yenes intentando sostener la moneda, sin éxito duradero. Además, la suba de petróleo por la guerra entre Estados Unidos e Irán presionó más.

Bessent propuso que Japón elevara su tasa de referencia en lugar de vender deuda estadounidense, que presionaba las tasas norteamericanas al alza. El dieciséis de junio, el BoJ subió la tasa del call rate no colateralizado de cero punto setenta y cinco por ciento a uno por ciento, máximo en treinta y un años. Pero el resultado fue decepcionante. El veintitrés de julio el yen se desplomó aún más.

La intervención llegó el viernes siguiente. El Tesoro notificó a bancos amigos que intervendría en el mercado del yen. Bessent filtró una nota en una reunión de gabinete en Camp David: "Comprar Yenes Japoneses; cinco a diez mil millones de dólares". La Fed de Nueva York comenzó a comprar yenes contra euros a través del Fondo de Estabilización del Tipo de Cambio mientras el BoJ recompraba su propia moneda por segundo día consecutivo. Fue inusual: se avisó de antemano, eliminando sorpresa, y se usó moneda europea en lugar de dólares, menos efectivo. El jueves el BoJ intervino con el equivalente a cincuenta y dos mil ochocientos millones de dólares, récord histórico. El viernes, entre treinta y dos y treinta y siete mil millones. Sumado al Tesoro, el total alcanzó noventa a cien mil millones de dólares. El resultado fue mejora del tres punto sesenta y nueve por ciento en dos días.

El domingo Trump confirmó la intervención con un tweet, dejando abierta la puerta a acciones aún mayores. Bessent pretende ampliar el límite del FIMA, mecanismo de préstamos a una semana contra tenencias de treasuries japoneses depositados en la Fed de Nueva York, para convertir de hecho a la Fed en proveedor global de liquidez de última instancia. Los japoneses ya confirmaron que apelarán a este sistema de repo para no vender sus treasuries. Trump minimizó todo: "Japón ha sido muy bueno con nosotros, excepto por Pearl Harbor. Querían un poco de ayuda y siempre estamos ahí para Japón. Más que nada ha sido una demostración de amistad".

Pero la realidad es que el noventa y cinco por ciento de actores del mercado encuestados por Reuters es escéptico sobre el éxito de estas medidas. Sin cambios de fondo, como una suba real y significativa de la tasa del BoJ, la volatilidad probablemente continúe. Por ahora, la intervención encareció los viajes en aproximadamente cuatro por ciento. Japón sigue valiendo la pena, pero no demore: viaje ya.

Japón ha sido muy bueno con nosotros, con la excepción, por supuesto, de Pearl Harbor. Querían un poquito de ayuda y siempre estamos ahí para Japón.
— Donald Trump
El 95% de actores del mercado son escépticos sobre el éxito de las medidas de la semana pasada
— Encuesta de Reuters a 60 operadores de mercado
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