En el norte de México, un grupo de vaqueros gais se reunió para celebrar, sin disimulo, la coexistencia de dos identidades que la cultura dominante rara vez imagina juntas: la del hombre de campo, arraigado en tradiciones ganaderas profundamente mexicanas, y la del hombre que ama abiertamente a otros hombres. No fue un acto de protesta, sino de presencia: tequila, cumbia sonidera y afecto compartido como formas de decir que una vida integrada es posible. En un país donde la visibilidad LGBTQ+ en espacios rurales sigue siendo escasa y la violencia una realidad, este encuentro comunitario adquie