A orillas del lago Mari Menuco, en la Patagonia argentina, la bajante excepcional del agua reveló lo que millones de años habían guardado en silencio: huellas fosilizadas de aves prehistóricas y saurópodos impresas en el mismo sedimento cretácico. Fue un niño, Santiago Aduriz, quien las encontró primero, recordándonos que el descubrimiento científico no siempre nace en los laboratorios, sino en la curiosidad sin fronteras de quienes miran el mundo con ojos nuevos. La Universidad Nacional del Comahue confirmó el hallazgo como una 'cápsula del tiempo' que abre una ventana directa hacia un ecosis