Una mujer al frente de la ONU en tiempos de crisis existencial

Las grietas del mundo se han convertido en abismos
La advertencia final de Guterres sobre el estado del orden multilateral en su última Asamblea General.
Mark

¿Por qué importa tanto quién sea el próximo secretario general? ¿No es solo un cargo administrativo?

Mimi

No. Es la cara visible de la ONU en momentos en que el multilateralismo se desmorona. Guterres mismo dijo que las grietas se han convertido en abismos. El nuevo secretario tiene que navegar guerras que la ONU no puede detener, conflictos sin resolver, y una organización sin dinero suficiente.

Luke

Pero aquí hay que ser honesto: el secretario general tiene poder limitado. No puede detener guerras sin el apoyo del Consejo de Seguridad, y ese consejo está paralizado por los vetos de las grandes potencias. ¿Qué puede hacer realmente una persona nueva?

Mimi

Tienes razón. Pero puede ser un mediador moral, puede presionar públicamente, puede movilizar recursos. Y en este momento, la señal que envía quién ocupa el cargo importa.

Mark

Rebeca Grynspan parece ser la favorita. ¿Qué la hace diferente?

Mimi

Tiene experiencia real en instituciones internacionales. No es una política tradicional. Ha trabajado en comercio, desarrollo, asuntos iberoamericanos. Entiende cómo funcionan estas máquinas.

Luke

Pero el artículo dice que Trump no se ha pronunciado. Eso significa que hay incertidumbre real. Podrían aparecer otros candidatos. No sabemos realmente quién ganará.

Mark

¿Y qué pasa con el argumento de que debería ser una mujer?

Mimi

La ONU nunca ha tenido una secretaria general. En un momento en que los derechos de las mujeres retroceden en todo el mundo, nombrar a una mujer sería un gesto importante. No es solo simbólico; es una declaración de valores.

Luke

Pero el artículo también dice que lo prioritario es encontrar a la persona más cualificada. ¿Cómo se balancea eso con el criterio de género? ¿Qué pasa si la persona más cualificada es un hombre?

Mimi

El artículo sugiere que el género, la región y la experiencia deben ser decisivos juntos. No son criterios separados. Grynspan es cualificada y es mujer y es de la región que le toca.

Mark

¿Cuándo se decide esto?

Mimi

El mandato de Guterres termina el 31 de diciembre. Así que hay poco tiempo.

Luke

Y el proceso es completamente opaco. Cinco países con veto controlan todo. La opinión pública no participa. Es un sistema que nadie elegiría si estuviera diseñando democracia desde cero.

  • Guterres dejó la tribuna de la Asamblea General con un diagnóstico sin eufemismos: las grietas del orden mundial se han convertido en abismos, y la ONU no ha podido detener ninguna de las guerras que definen esta década.
  • La elección del nuevo secretario general se decide en la penumbra de un Consejo de Seguridad donde cinco países pueden vetar cualquier nombre, dejando a la opinión pública global sin voz en una decisión que le concierne a todos.
  • La candidatura de Rebeca Grynspan concentra dos argumentos históricos a la vez: América Latina lleva más de treinta años sin ocupar el cargo más alto de la organización, y ninguna mujer ha dirigido jamás las Naciones Unidas.
  • La postura aún indefinida de la Administración Trump mantiene el tablero abierto y alimenta la posibilidad de candidaturas sorpresa que podrían reordenar por completo la carrera antes del 31 de diciembre.
  • Quien asuma el cargo heredará una institución con déficit financiero crónico, credibilidad erosionada y la tarea de demostrar que el multilateralismo puede sobrevivir a la era del autoritarismo.

En el umbral de una era marcada por guerras sin resolver y un multilateralismo cuestionado, las Naciones Unidas se aprestan a elegir a quien sucederá a António Guterres al frente de la organización más universal de la historia. El proceso, opaco y dominado por las cinco potencias con derecho a veto, decidirá si la ONU da un paso simbólico y sustantivo hacia la igualdad nombrando por primera vez a una mujer secretaria general. Entre los candidatos, la costarricense Rebeca Grynspan encarna tanto el turno geográfico de América Latina como la posibilidad de romper una barrera que lleva ochenta años intacta.

La 81ª Asamblea General de la ONU cerró dejando imágenes que condensan el estado del mundo: delegaciones abandonando la sala ante Netanyahu, y una fotografía de Trump y Delcy Rodríguez sonriendo juntos. Una organización fracturada, un orden global en disputa.

Guterres usó su última intervención para trazar un diagnóstico sin concesiones: diez años en el cargo le bastan para ver que las grietas se han vuelto abismos. Ucrania, Gaza, Sudán, Irán —conflictos que la ONU no ha podido resolver— ilustran una crisis que él mismo califica de existencial. Macron lo formuló en términos más crudos: el mundo elige entre la ley de la jungla o una sociedad internacional civilizada.

Ahora la institución debe elegir a su próximo piloto. El proceso es poco democrático: cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad controlan el resultado con derecho a veto, lejos de cualquier escrutinio público. El sucesor de Guterres recibirá además una organización con un agujero financiero significativo, agravado por la histórica renuencia de Estados Unidos a pagar su cuota completa.

Entre siete candidatos, Rebeca Grynspan de Costa Rica acumula credenciales sólidas: lideró la UNCTAD y antes la Secretaría General Iberoamericana. Pero la Administración Trump no se ha pronunciado, y esa incertidumbre mantiene abierta la puerta a candidaturas inesperadas.

Dos argumentos pesan sobre esta elección. El primero es geográfico: los últimos tres secretarios generales procedieron de Europa, Asia y África; el turno corresponde a América Latina, que no ha tenido representación en el cargo desde que el peruano Javier Pérez de Cuéllar lo dejó en 1991. El segundo es de género: en ochenta años de historia, ninguna mujer ha dirigido la ONU. En un momento en que los derechos de las mujeres retroceden en Afganistán, en Estados Unidos y en muchos otros lugares, nombrar a una secretaria general enviaría una señal inequívoca.

El cargo exige mediar en conflictos, administrar una burocracia global y ejercer liderazgo moral en tiempos de crisis. Uno de sus ocupantes lo llamó 'el trabajo más imposible del mundo'. Lo que está en juego ahora es si, al final del proceso, se podrá decir que se eligió a la persona más cualificada, se respetó el turno regional y se rompió por fin la última gran barrera de género en la cúpula de las Naciones Unidas.

La 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas terminó este lunes dejando imágenes que capturan el estado actual del mundo. Una fotografía de Delcy Rodríguez y Donald Trump sonriendo juntos marcó un giro en las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos. Casi simultáneamente, decenas de representantes abandonaron la sala cuando habló el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. Estos momentos, tan distintos en su significado, revelan una organización internacional fracturada y un orden global en disputa.

El secretario general saliente, António Guterres, utilizó su última intervención ante la Asamblea para advertir con claridad sobre lo que ve: las grietas del mundo se han convertido en abismos. Tras diez años en el cargo, su diagnóstico es sombrío. Las Naciones Unidas enfrentan una crisis que es, en sus términos, existencial. El contexto es brutal: una guerra en Ucrania que la organización no ha podido detener, conflictos sin resolver en Sudán, Irán y Gaza, y un sistema multilateral que los gobiernos autoritarios menosprecian abiertamente. Emmanuel Macron resumió la encrucijada en términos simples: el mundo elige entre un retorno a la ley de la jungla o una sociedad internacional civilizada.

Ahora llega el momento de elegir quién pilotará esta institución en ruinas. El proceso es opaco, controlado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, quienes tienen derecho a veto sobre cualquier candidato. La opinión pública apenas participa. Es un mecanismo poco democrático para una organización que supuestamente representa a todas las naciones. El nuevo secretario general heredará una ONU que ha demostrado ser ineficaz en sus misiones centrales y que además enfrenta un agujero económico significativo, alimentado en parte por la renuencia histórica de Estados Unidos a pagar su cuota completa.

Entre siete aspirantes, destaca la costarricense Rebeca Grynspan. Su trayectoria internacional es sólida: fue secretaria general de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo y antes dirigió la Secretaría General Iberoamericana. Pero nada está decidido. La Administración Trump aún no se ha pronunciado, lo que deja abierta la posibilidad de que aparezcan candidatos sorpresa que reordenen el tablero. La única certeza es que el mandato de Guterres termina el 31 de diciembre.

Hay un argumento geográfico que pesa en esta elección. Los últimos tres secretarios generales vinieron de Europa, Asia y África respectivamente. Según el turno tradicional, le corresponde a América Latina y el Caribe. El último latinoamericano en el cargo fue el peruano Javier Pérez de Cuéllar, que gobernó la organización entre 1982 y 1991. Hace más de tres décadas que la región no tiene representación en la posición más alta.

Pero hay otro criterio que debería ser decisivo: la ONU nunca ha tenido una secretaria general. En un momento en que los derechos de las mujeres retroceden globalmente —desde las niñas de Afganistán a quienes se les niega la educación hasta las mujeres estadounidenses que perdieron protecciones constitucionales sobre el aborto— nombrar a una mujer en el cargo más visible de la organización enviaría una señal clara sobre el compromiso con la igualdad.

La tarea es inmensa. El secretario general debe ser mediador en conflictos, impulsor de misiones de paz, administrador de una burocracia global y líder moral en tiempos de crisis. Requiere una combinación rara de habilidades y experiencia. El criterio de género, junto con la consideración regional y la experiencia liderando instituciones internacionales, debe ser decisivo en esta elección. Uno de los ocupantes anteriores del cargo lo llamó "el trabajo más imposible del mundo". Lo que importa ahora es que al final de este proceso se pueda decir que se respetaron todas estas condiciones: que se eligió a la persona más cualificada, que se honró el turno geográfico, y que se rompió finalmente la barrera de género en la cúpula de las Naciones Unidas.

Las grietas del mundo se han convertido en abismos
— António Guterres, secretario general saliente
Un retorno de la ley de la jungla o una sociedad internacional civilizada
— Emmanuel Macron, resumiendo la encrucijada global
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