En el verano de 2026, un columnista sometió sus propios textos a una herramienta de inteligencia artificial diseñada para detectar escritura automatizada, y recibió un veredicto implacable: cien por ciento generado por máquina. Lo que comenzó como una prueba técnica se convirtió en una pregunta filosófica más antigua: ¿cómo reconocemos lo humano cuando la excelencia y la precisión se han vuelto sospechosas? La anécdota no habla solo de los límites de un algoritmo, sino de la fragilidad de las fronteras que creíamos haber trazado entre nosotros y nuestras creaciones.