En 1998, una niña cubana de diez años llamada Sara confió al Atlántico una botella con un mensaje durante uno de los períodos más oscuros de la historia reciente de Cuba. Veintiocho años después, ese gesto de fe infantil llegó a las costas de Galicia, una tierra unida a Cuba por siglos de migración y memoria compartida. La botella no viajó sola: acumuló voces, fechas y esperanzas de personas que la encontraron y la devolvieron al mar, convirtiendo un acto solitario en una cadena humana que atraviesa el tiempo.