En Nueva York, la LXXXI Asamblea General de la ONU se abre como espejo de un orden mundial en tensión: Xi Jinping y Putin ausentes, António Guterres despidiéndose del cargo, y una agenda cargada de crisis humanitarias y geopolíticas sin resolver. La humanidad llega a esta cita anual no con soluciones, sino con la pregunta de si sus instituciones colectivas aún tienen la capacidad de producirlas. Es un momento que no solo refleja las fracturas del presente, sino que podría definir la arquitectura del futuro.