Quásares: el arte como herramienta de cuidado en la experiencia oncológica

El proyecto aborda el impacto emocional del cáncer en pacientes que experimentan miedo, incertidumbre, recaídas y la necesidad de espacios para compartir vulnerabilidades frecuentemente ignoradas en la atención médica convencional.
Nos quitábamos la camiseta y nos abríamos
Inmaculada Malasaña describe cómo las pacientes compartieron cicatrices y miedos en los encuentros del proyecto.

En los márgenes del tiempo clínico —entre goteos, esperas y cortinas de boxes— un proyecto llamado Quásares ha intentado responder una pregunta antigua: si el arte puede ser útil de verdad cuando el cuerpo enfrenta su propia fragilidad. Durante dos años, en el Hospital Quirónsalud Infanta Luisa de Sevilla, pacientes oncológicos, sanitarios y artistas construyeron juntos un espacio sin jerarquías donde el conocimiento emocional tuvo el mismo peso que el clínico. No se trató de hacer arte sobre el cáncer, sino de abrir una grieta en un sistema que mide casi todo, para que cupiera dentro algo que no se puede protocolizar.

  • El diagnóstico de cáncer convierte el hospital en un paisaje recurrente donde el miedo no desaparece, solo muta de forma con cada ciclo y cada resultado.
  • Pacientes que apenas se conocían comenzaron a compartir cicatrices, rabia y humor en espacios que la atención médica convencional raramente habilita para eso.
  • Artistas, mediadores culturales y psicooncólogos trabajaron durante dos años para construir un territorio común donde la vulnerabilidad no fuera un obstáculo sino el punto de partida.
  • Cuatro obras —ilustraciones, documental sonoro, cortometraje y ensayo fotográfico— emergieron del proceso como huellas colectivas, no como productos finales.
  • El proyecto no ha transformado el sistema sanitario, pero ha demostrado que una apertura mínima hacia otras formas de cuidado es posible incluso dentro de sus estructuras más rígidas.

En una sala de cambio de la unidad de Radioterapia del Hospital Quirónsalud Infanta Luisa, las paredes clínicas llevan tiempo cubiertas de cartas. Las dejaron pacientes que quisieron marcharse con palabras. Entre todas ellas, una describía al personal sanitario como «cuásares»: cuerpos celestes que desde lejos parecen apagados pero emiten una luz inmensa. Esa metáfora, escrita en uno de los muchos momentos de espera que pueblan los hospitales, terminó siendo el nombre y la brújula de un proyecto cultural que nadie había planeado.

Quásares nació como iniciativa de mediación cultural impulsada por Concomitentes, con apoyo de la Fundación Daniel y Nina Carasso, la Universidad Internacional de Andalucía y Quirónsalud, coordinado por ZEMOS98. Su pregunta central no era hacer arte sobre el cáncer, sino construir un espacio donde pacientes, sanitarios y artistas pudieran convivir sin jerarquías rígidas, donde el saber clínico y el emocional tuvieran el mismo peso.

Durante dos años, ese espacio se fue levantando en los intersticios del hospital: en las salas de espera, en los boxes de quimioterapia, en las horas suspendidas que marca el goteo de los sueros. Inmaculada Malasaña, paciente de cáncer de colon con varias recaídas, encontró en los encuentros del proyecto algo que las consultas no ofrecían: mujeres que compartían cicatrices, miedos y humor sin necesidad de demasiadas explicaciones. «Ha sido una catarsis emocional», resume. La psicooncóloga Raquel Calero observó cómo las pacientes se abrían progresivamente y se aportaban entre sí desde sus propias fragilidades, transformando temporalmente el hospital en un lugar de encuentro.

De ese proceso colectivo nacieron cuatro piezas: ilustraciones que reconfiguran el imaginario del cáncer desde la ironía y la ternura; un documental sonoro con testimonios del proceso oncológico vivido desde dentro; un cortometraje cocreado con pacientes sobre los objetos y espacios cotidianos de la enfermedad; y un ensayo fotográfico en el que los propios pacientes construyeron su relato visual con cámaras instantáneas.

En todo el proyecto aparece la palabra esperanza, pero con otra densidad: no la promesa de que todo saldrá bien, sino la posibilidad de que lo que ocurre tenga sentido. Quásares no ha transformado el sistema sanitario. Pero ha introducido una grieta real en un entorno donde casi todo se mide y se protocoliza, demostrando que lo que comenzó como unos mensajes de agradecimiento en una sala de cambio puede convertirse en una pregunta más amplia sobre cómo acompañar la enfermedad.

En una pequeña sala de cambio de la unidad de Radioterapia del Hospital Quirónsalud Infanta Luisa, las paredes clínicas desaparecen bajo decenas de cartas. Algunas manuscritas, otras impresas. Todas dejadas por personas que pasaron por allí y quisieron marcharse con palabras. Los pacientes las leen mientras esperan su turno, mientras se ponen la bata hospitalaria, mientras el papel se curva lentamente por la humedad y el tiempo. Sin que nadie lo planeara, esas cartas se convirtieron en el punto de partida de algo inusual: una pregunta sobre si el arte podía servir de algo real en un hospital.

Entre todas esas cartas hay una que cambió todo. Una paciente describía al personal sanitario como "cuásares": cuerpos celestes que desde la distancia parecen apagados, pero que en realidad emiten una luz inmensa. La metáfora venía de una lectura sobre astronomía, de la idea de que hay formas de luz que no siempre vemos. Esa imagen, escrita probablemente en uno de esos momentos de espera que abundan en los hospitales, terminó siendo el nombre y la brújula de un proyecto cultural que nadie esperaba.

Quásares nació como iniciativa de mediación cultural impulsada por Concomitentes, con apoyo de la Fundación Daniel y Nina Carasso, la Universidad Internacional de Andalucía y Quirónsalud, coordinado por ZEMOS98 a través del mediador Felipe G. Gil. Pero la pregunta que lo define es anterior a su nombre: ¿podía el arte ser útil en un contexto de cuidado real? No se trataba de hacer arte sobre el cáncer, ni de ilustrar la experiencia hospitalaria. Se trataba de construir un espacio común donde pacientes, sanitarios, artistas y mediadores culturales pudieran convivir sin jerarquías rígidas, donde el conocimiento clínico, el emocional y el experiencial tuvieran el mismo peso.

Durante dos años, ese espacio se fue levantando en los intersticios del hospital. En las salas de espera donde el tiempo avanza a otro ritmo. En los boxes de tratamiento separados por cortinas. En las horas suspendidas de la quimioterapia, cuando el goteo constante de los sueros marca el paso de la mañana. Pilar Muñoz, enfermera en la unidad de quimioterapia, lo describe con claridad: el primer día casi todos los pacientes lloran. No saben qué se van a encontrar. Después, el tiempo organiza lo que puede. El lenguaje del hospital se vuelve rutina. Ciclos, esperas, resultados. El miedo no desaparece, solo cambia de forma.

Inmaculada Malasaña llegó al proyecto mientras hacía voluntariado en el hospital. Su diagnóstico había sido brusco: cáncer de colon. Cirugía, quimioterapia, recaídas, nuevas intervenciones. El hospital dejó de ser un lugar puntual para convertirse en un paisaje recurrente. Los pasillos le resultaban familiares. Las enfermeras dejaron de ser desconocidas. Al principio no sabía qué papel tenía en el proyecto. Pero algo se desplazó durante los encuentros. "Nos quitábamos la camiseta y nos abríamos", recuerda. Mujeres que apenas se conocían comenzaron a compartir cicatrices, miedos y experiencias que normalmente quedan fuera de las consultas. Conversaciones sobre la rabia, el cansancio, el humor, la incertidumbre, el miedo a las recaídas. Una mezcla de emociones que rara vez encuentra tiempo en la atención médica cotidiana. "Ha sido una catarsis emocional", resume.

La psicooncóloga Raquel Calero observa lo que ocurre en la práctica: una apertura progresiva de las pacientes, una pérdida parcial del miedo, una forma distinta de habitar la enfermedad. Las pacientes se aportan muchísimo entre ellas, por sus fragilidades y vulnerabilidades. El hospital se transforma temporalmente. Durante unas horas deja de ser únicamente el lugar donde se administran tratamientos. Se convierte en un espacio de encuentro donde compartir experiencias con personas que entienden sin demasiadas explicaciones lo que significa atravesar una enfermedad así.

De ese proceso colectivo nacieron cuatro piezas que funcionan como huella más que como resultado final. Las ilustraciones de Adela Angulo construyen un imaginario distinto del cáncer, centrado en la ironía, la ternura y el humor. El documental sonoro de Andrea Morán recoge testimonios que recorren el proceso oncológico desde dentro, como experiencia emocional compartida. El cortometraje de Rocío Mesa y Jorge Castrillo se construye a partir de un guion cocreado con pacientes, enfocándose en lo cotidiano: objetos, habitaciones, espacios que se convierten en parte del relato de la enfermedad. El ensayo fotográfico de Óscar Romero entrega cámaras instantáneas a los propios pacientes para que construyan su propio relato visual.

En todo el proyecto aparece la palabra esperanza, pero aquí adquiere otra densidad. No es la idea de que todo vaya a salir bien. Es que lo que ocurre tenga sentido. No es una promesa de curación, sino una forma de sostener la experiencia. Esa mirada reconfigura símbolos como la campana que marca el final del tratamiento. Su significado no se evita, pero tampoco se simplifica. Es celebración para algunos, pero también recordatorio de que no todos recorren el mismo camino. Quásares no elimina esa tensión. La incorpora. Lo que ha ocurrido durante estos dos años no ha transformado el sistema sanitario, pero sí ha introducido una grieta. Una apertura mínima, pero real, hacia otras formas de cuidado en un entorno donde casi todo se mide, se clasifica y se protocoliza. Lo que comenzó como unos mensajes de agradecimiento en una sala de cambio terminó convirtiéndose en una pregunta más amplia sobre cómo acompañar la enfermedad.

El punto de partida no era hacer arte sobre el cáncer, sino preguntarse si el arte podía ser útil en un contexto de cuidado real
— Felipe G. Gil, mediador cultural
La esperanza es que lo que ocurre tenga sentido, no una promesa de curación
— Raquel Calero, psicooncóloga
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué el arte y no simplemente más apoyo psicológico convencional?

Model

Porque el arte no pretende resolver nada. La psicología busca sanar o mejorar. El arte simplemente abre un espacio donde lo que está sucediendo puede ser mirado de otra manera, sin prisa por solucionarlo.

Inventor

Pero ¿qué diferencia hay realmente entre eso y una terapia de grupo?

Model

La diferencia es que en una terapia hay un objetivo claro: mejorar. Aquí no hay objetivo. Solo hay presencia. Las pacientes compartían cicatrices, sí, pero no para procesarlas. Para reconocerse en ellas.

Inventor

¿Y eso cambia algo en cómo viven la enfermedad?

Model

Cambia la soledad. El hospital es un lugar donde todos están solos juntos. El proyecto convierte esa soledad en compañía. No cura nada, pero sostiene.

Inventor

¿Sostiene cómo?

Model

Cuando una paciente ve que otra ha pasado por lo mismo y sigue aquí, la esperanza deja de ser una promesa. Se convierte en algo que puede tocar.

Inventor

¿Entonces el proyecto fracasó si no transformó el sistema sanitario?

Model

No fracasó. Hizo algo más modesto y más real: abrió una grieta. En un lugar donde todo está protocolizado, introdujo un espacio donde la vulnerabilidad es permitida. Eso no es poco.

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