Un genio del Mal llamado Sánchez: la demonización sin precedentes de un presidente

El antisanchismo es ya una weltanschauung, una cosmovisión que recorre el país
El artículo describe cómo la oposición a Sánchez ha trascendido la crítica política para convertirse en una ideología organizada.
Mark

¿Por qué el artículo insiste en que esto es diferente de la crítica normal a otros presidentes?

Mimi

Porque hay una diferencia entre decir que alguien es un mal gobernante y decir que está endemoniado, que es un psicópata, que quiere destruir el país. Los presidentes siempre han sido criticados duramente, pero esto es una demonización literal.

Luke

Pero espera, ¿el artículo documenta realmente que Sánchez es más criticado que otros presidentes europeos, o solo que la naturaleza de la crítica es diferente?

Mimi

Es un buen punto. El artículo no compara números de insultos o intensidad de cobertura negativa. Solo dice que la calidad de la crítica es distinta: más personal, más dehumanizante.

Mark

¿Y cómo explica el artículo por qué ocurre esto ahora y no antes?

Mimi

No lo explica directamente. Sugiere que es una cosmovisión, una forma de entender la política que ha crecido en redes sociales y prensa conservadora, pero no analiza las causas profundas.

Luke

Exacto. ¿Es porque Sánchez ha hecho cosas que genuinamente molestan a mucha gente? ¿O es porque las redes sociales amplifican el odio de forma nueva? El artículo lo deja abierto.

Mimi

Creo que el artículo sugiere ambas cosas. Reconoce que Sánchez ha tomado decisiones controvertidas. Pero luego dice que eso no explica la demonización literal.

Mark

¿Y qué pasa con la gente que realmente cree que Sánchez es un desastre? ¿El artículo los descarta como simplemente odiadores?

Luke

No exactamente. Dice que la crítica demoledora es legítima. Pero luego dibuja una línea: la crítica política normal versus convertir a alguien en un villano de ficción.

Mimi

Y esa línea es importante porque tiene consecuencias reales. Si la gente cree que alguien es diabólico, no lo ven como un adversario político. Lo ven como una amenaza existencial.

Mark

¿Pero quién decide dónde está esa línea?

Luke

Esa es la pregunta que el artículo no responde completamente. Y probablemente no puede.

  • Sánchez ha gobernado ocho años durante una crisis generalizada de instituciones en Occidente
  • El insulto 'hijo de puta' se ha convertido en un grito folclórico en fiestas, conciertos y celebraciones deportivas
  • Pompeyo González, jubilado burgalés, fue condenado a 18 años de cárcel por enviar cartas con explosivos a La Moncloa
  • El principal partido de la oposición adoptó un eslogan oficioso basado en ese insulto bajo el camuflaje 'me gusta la fruta'

Sánchez enfrenta una campaña de desprestigio única: es llamado psicópata, diabólico y comparado con villanos de ficción, trascendiendo críticas políticas normales. El antisanchismo se ha institucionalizado desde redes sociales, prensa conservadora y políticos de oposición que lo acusan de instaurar un 'imperio de terror' y una 'mafia criminal'.

Un análisis sobre cómo Pedro Sánchez ha sido objeto de una demonización sin precedentes en la política española, superando la crítica tradicional a presidentes democráticos y convirtiéndose en una cosmovisión de odio organizado.

Hace poco, en un pueblo de la costa gallega, un señor educado y de opiniones conservadas interrumpió una conversación amistosa con un gestor cultural local. Un aviso en su teléfono lo distrajo: una noticia de esos diarios digitales de la capital dedicados con fervor a desmenuzar cada movimiento del presidente del Gobierno. Leyó el titular, levantó la vista y preguntó sin ironía: ¿No crees que Pedro Sánchez está endemoniado? La pregunta no era retórica. Años atrás, en otro pueblo gallego, una mujer se había dirigido a las cámaras para protestar contra su alcalde por una subida de impuestos. Su conclusión fue categórica: Hitler era malo, pero este es peor que Hitler. Estas escenas, separadas por tiempo y lugar, revelan algo que ha ocurrido en la política española sin precedentes claros: la transformación de la crítica política en una cosmovisión de odio organizado.

Todos los presidentes de la democracia española han abandonado el cargo bajo presión. Adolfo Suárez, ahora casi beatificado en la memoria colectiva, fue vapuleado en su momento. Pero lo que rodea a Pedro Sánchez pertenece a otra categoría enteramente. Nunca antes un presidente había sido acoreado como "hijo de puta" en gritos casi folclóricos por multitudes de jóvenes en fiestas y conciertos, o por futbolistas celebrando sus éxitos deportivos. No hay precedentes de que ese insulto fuese adoptado como eslogan oficioso por el principal partido de la oposición bajo un camuflaje infantil —"me gusta la fruta"—, mientras la concurrencia celebraba la travesura. Ni de que comentaristas políticos conservadores de reputación sólida se entregasen a análisis psicológicos para ilustrar la depravación del personaje, alimentando la idea de un complot secreto para instaurar la República.

La caracterización de Sánchez entre sus detractores —adversarios políticos, columnistas, influencers— lo define habitualmente como un psicópata. La descripción no difiere de la de un ser diabólico, un avatar del Mal absoluto, un villano equiparable a Lex Luthor en Superman, al Joker en Batman, a Spectra en James Bond. Esos genios de la abyección querían conquistar el mundo. El propósito de Sánchez, según repiten quienes lo afirman como algo obvio, es destruir España, trocearla al gusto de los independentistas, dejarla invadir por hordas de inmigrantes ávidos de sexo y dinero ajeno. Su rastro venenoso, en esta narrativa, alcanza a todos los que lo rodean: su familia —su esposa, según algunos, en realidad un hombre transexuado— y su partido, supuestamente secuestrado por una práctica política siniestra llamada sanchismo.

Es verdad que Sánchez ha protagonizado acrobáticos cambios de posición sobre asuntos relevantes. Ha gobernado ocho años en una época de crisis generalizada de las instituciones en todo Occidente. Ha visto encarcelar por corrupción a sus más estrechos colaboradores. Ha pisado callos ignorando tabúes arraigados de la democracia española: compartir el poder con la izquierda alternativa, amnistiar a los independentistas, gobernar mediante pactos sin ser el más votado. Estas son críticas demoledoras legítimas. Pero Sánchez no es simplemente un gobernante vilipendiado como Macron, Merz o Starmer. El antisanchismo ha devenido una weltanschauung, una cosmovisión que recorre el país.

Su fuerza de choque reside en las jaurías de las redes sociales. En la prensa conservadora madrileña, heredera de una tradición secular, ejercen bardos que adornan con orfebrería literaria el antiguo oficio del matonismo. La pátina institucional la confieren políticos que semana tras semana agarran el micrófono en el Congreso para denunciar que vivimos bajo un "imperio de terror" instaurado por una "mafia criminal". El antisanchismo cuenta incluso con un pequeño panteón de mártires: el joven que no comprendía por qué la Policía lo maltrataba solo por manifestarse en Ferraz para "putodefender España", o Pompeyo González, el jubilado burgalés condenado a dieciocho años de cárcel por enviar a La Moncloa cartas con explosivos.

Esta última figura inspiró el título de un libro reciente: El hombre que mató a Pedro Sánchez, de Miguel Alcázar, publicado por Lengua de Trapo. La referencia a El hombre que mató a Liberty Valance es explícita, incluyendo su frase más célebre: "Esto es el Oeste, señor, cuando la leyenda se convierte en realidad, se publica la leyenda". El propósito declarado es "combatir el cainismo contemporáneo español", componer un retrato grotesco, a ratos desternillante, a otros deprimente, de "esta jodida tragedia llamada España". Alcázar guarda vitriolo y carcajadas para todos los lados, con especial atención a una galería de personajes representativos del antisanchismo como forma de vida.

Es común oír alertas sobre los riesgos para la convivencia que entrañan los discursos de odio. Lo que se repara menos —aunque no revista tanto peligro, tampoco hay que menospreciar su relevancia— es que estamos rodeados de gente empeñada en convertir un país en una caricatura. La política española ha difuminado las fronteras entre lo metafórico y lo denotativo. En el caso de Sánchez, el término demonización se ha vuelto casi literal. Y esa literalidad tiene consecuencias que trascienden el debate político ordinario.

¿No crees que Pedro Sánchez está endemoniado?
— Un señor educado de un pueblo gallego, en conversación reciente
Mira que Hitler era malo… ¡Pues este es peor que Hitler!
— Una mujer protestando contra su alcalde en un pueblo gallego hace años
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