A mediados de los años noventa, un cantaor malagueño de 62 años se convirtió, casi sin quererlo, en el espejo en el que una España exhausta tras sus grandes celebraciones quiso reconocerse. Gregorio Esteban Sánchez Fernández, Chiquito de la Calzada, no solo hizo reír a un país dividido: protagonizó una batalla legal sobre quién es dueño de una identidad artística, pregunta que tres décadas después, en la era de la inteligencia artificial, resulta más urgente que nunca. Un documental presentado en San Sebastián rescata ese conflicto y lo devuelve al presente sin ofrecer veredicto, invitando al