Pensar cada día con los pies en el barro de tu trinchera es estéril
En una Argentina fracturada por la polarización, la trinchera ideológica se ha convertido en refugio cómodo que atrofia el pensamiento crítico y empobrece el debate público. Cuando admitir que el adversario tiene razón se vuelve traición, y cuando todo matiz se lee como apostasía, la inteligencia colectiva se rinde ante la caricatura. Grandes figuras como Borges y Vargas Llosa supieron separar la obra del ideario político de su autor; hoy esa práctica es casi subversiva. Lo que falta, como señalaba Russell, no es certeza sino duda: la duda honesta que hace posible el diálogo y, con él, la democracia.
- La polarización extrema en Argentina no solo divide: produce un aburrimiento profundo y un pensamiento repetitivo que agota a ciudadanos y periodistas por igual.
- El pensamiento binario convierte figuras complejas en símbolos vacíos —Maradona como el Che, Messi como fascista— y hace imposible cualquier lectura matizada de la realidad.
- El escándalo Adorni reveló que la demanda de periodismo crítico existe y es transversal, pero los voceros del mileísmo respondieron descalificando a todos los periodistas, incluso a los afines.
- El programa macroeconómico muestra señales de consistencia —récord en balanza comercial— mientras 26.448 empresas cerradas y el consumo deprimido exigen una mirada simultánea y sin anteojeras.
- Pensar sin corralitos identitarios requiere el coraje de dudar: reconocer aciertos del adversario y peligros propios, resistiendo la demagogia de ambos bandos.
Benjamín Prado recordaba a Vargas Llosa no como un ideólogo sino como un caballero capaz de exponer sus convicciones con argumentos y sin violencia. Su maestro Rafael Alberti le había enseñado que de quienes piensan igual ya se sabe todo, y que es del adversario de quien más se aprende. Esa filosofía suena casi subversiva en la Argentina de hoy.
La polarización sostenida no solo divide: genera un aburrimiento profundo. Cuando todo parece ya sabido y cristalizado, el pensamiento se vuelve repetitivo y cansador. El resultado es un juego binario donde no hay espacio para la ambigüedad: Maradona es el Che, Messi un fascista, y cualquier matiz se lee como traición. Borges lo entendía al revés: que él fuera conservador y Cortázar comunista no tenía nada que ver con el hecho literario. Hoy esa distinción es considerada pecado mortal.
En ese clima, el escándalo Adorni generó un interés transversal enorme, coincidiendo con sondeos que muestran a una población mayoritariamente enojada con la gestión de Milei. Los voceros del mileísmo respondieron declarando corruptos a todos los periodistas, incluidos los afines. El dilema lo describió bien el español Carlos Alsina: si criticas al gobierno, la oposición te recluta; si criticas a la oposición, el gobierno te adopta. En las redes, basta no hacer una pregunta para pasar de la "fachoesfera" al "sanchismo".
Pensar sin cárceles mentales permitiría reconocer, sin contradicción, que el programa de estabilización macroeconómica parece haber alcanzado consistencia y que el récord de balanza comercial es significativo, y al mismo tiempo que 26.448 empresas cerradas y un consumo deprimido son señales de alarma que merecen atención. Repensarlo todo exige coraje. Bertrand Russell observaba que los estúpidos están completamente seguros mientras los inteligentes están llenos de duda. En una Argentina polarizada, esa duda es precisamente lo que falta.
Benjamín Prado, poeta y novelista español, recuerda con afecto a Mario Vargas Llosa como alguien con quien era un verdadero placer discrepar. Cuando le preguntaban cómo podía ser amigo de un escritor de ideas tan distintas, Prado respondía que Vargas Llosa no era un ideólogo sino un caballero que exponía sus convicciones políticas con argumentos razonables y sin violencia. Esa capacidad de escuchar al adversario, de aprender de quien piensa diferente, fue una lección que Prado heredó de su maestro Rafael Alberti, quien le enseñó que la verdadera inteligencia requiere tomar en serio la propia obra pero en broma a uno mismo, y nunca ser sectario, porque "de la gente con quien estás de acuerdo ya lo sabes todo, y de los otros, pon la oreja que aprenderás mucho".
Esa filosofía resulta casi subversiva en la Argentina contemporánea, donde la polarización se ha convertido en una forma de confort mental que, paradójicamente, erosiona la capacidad de pensar. La grieta sostenida en el tiempo no solo devasta la sensatez sino que genera algo raro e imperdonable: un aburrimiento profundo. Cuando todo parece ya dicho, sabido y cristalizado, cuando una minoría intensa anticipa quiénes son los buenos y los malos, el pensamiento se vuelve repetitivo y cansador. En Argentina es inadmisible que un enemigo político tenga algo de razón. No hay espacio para la ambigüedad, para los matices que incomoden. El resultado es un juego binario donde Maradona es "El Che" y Messi un fascista, donde el Indio Solari es simultáneamente un mesías popular y un millonario que vampirizaba a los pobres. Todo se convierte en caricatura.
Pensar cada día desde una trinchera, con una urna incrustada en el cráneo, es estéril. Solo los frágiles y los fanáticos pueden permitirse ese refugio de falsas superioridades morales, ese autoengaño donde cada matiz diferenciador es visto como una traición. Algunos intelectuales pasaron la vida admirando autores con los que no compartían ideología, una práctica que hoy es considerada pecado mortal. Borges lo expresó claramente: que él fuera conservador y Cortázar comunista no tenía nada que ver con el hecho literario. Un escritor no debe ser juzgado por sus opiniones políticas. La literatura, como la vida y la política, es algo mucho más complejo que eso.
Esta conflagración de suma cero, diseñada para la pereza mental, produce un cansancio e indiferencia que persiste incluso en medio de una era política exótica. La conjunción de sobreoferta y previsibilidad no es halagüeña. Tampoco lo es el oficialismo ciego del gobierno de Javier Milei, que pretende que la "gente de bien" rechaza el espíritu crítico. Sin embargo, los datos muestran otra cosa: el escándalo Adorni generó un interés transversal enorme en todos los canales, coincidiendo con sondeos que indican que la población está mayoritariamente enojada y triste con esta gestión. Los casos de corrupción manifiesta han servido históricamente para catalizar la indignación de los decepcionados. La demanda ordena la oferta.
Esto no significa que los periodistas deban hacer demagogia o condenar sin pruebas. Algunos libertarios se sienten despechados con colegas que no pudieron eludir el escándalo del jefe de Gabinete sin perder audiencia. Voceros informales del mileísmo dejaron claro esta semana que ahora los golpes son mediáticos, no militares, y que todos los periodistas son corruptos, incluyendo especialmente a quienes comulgan con sus políticas de fondo. Pero ese fondo incluía la promesa de evitar las mañas de la "casta", algo que evidentemente no han cumplido. Carlos Alsina, referente de la radio española, explicó bien el dilema: cuando criticas al Gobierno, la oposición piensa que eres uno de ellos; cuando criticas a la oposición, el Gobierno cree que te estás acercando. En las redes sociales pasas de ser "fachoesfera" a ser un "sanchista" por no hacer una pregunta.
Pensar sin cárceles mentales ni corralitos identitarios permitiría señalar hoy, sin prejuicios, que el programa de estabilización macroeconómica parece haber alcanzado consistencia, que el récord histórico de la balanza comercial es significativo, y simultáneamente que existe una tardía preocupación por el nivel de actividad en un país donde se han cerrado 26.448 empresas y donde la mediocridad del consumo llegó para quedarse. Habría que examinar también el modelo final que quedará en pie cuando las reformas se apliquen, reconociendo que quizás no pocos opositores acierten en señalar algunos de sus peligros. Repensarlo todo de nuevo, sin prejuicios, exige coraje. Bertrand Russell observaba que los estúpidos están completamente seguros mientras que los inteligentes están llenos de duda. En una Argentina polarizada, esa duda es lo que falta.
Notable Quotes
De la gente con quien estás de acuerdo ya lo sabes todo, y de los otros, pon la oreja que aprenderás mucho— Rafael Alberti, maestro de Benjamín Prado
Un escritor no debe ser juzgado por sus opiniones políticas. La literatura es algo mucho más complejo— Jorge Luis Borges
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué la polarización se siente como un confort si es tan destructiva?
Porque simplifica el mundo. Te dice quién eres, quién es el enemigo, qué pensar. No tienes que esforzarte en escuchar argumentos complejos ni cambiar de opinión. Tu tribu te valida constantemente.
Pero el ejemplo de Vargas Llosa y Prado sugiere que la amistad intelectual entre adversarios es posible.
Lo era, y lo sigue siendo, pero requiere algo que la polarización mata: la curiosidad genuina por el otro. Hoy eso se ve como debilidad o traición.
¿Qué tiene que ver el escándalo de Adorni con todo esto?
Es el punto donde la teoría toca la realidad. El gobierno prometió acabar con la "casta", pero sus propios funcionarios caen en corrupción. Eso debería permitir crítica sin ser acusado de enemigo, pero la polarización no lo permite.
¿Entonces los periodistas están atrapados?
Completamente. Si critican al Gobierno, la oposición los reclama. Si critican a la oposición, el Gobierno cree que se acercan. No hay espacio para la ecuanimidad.
¿Hay salida?
Sí, pero exige coraje. Pensar sin trincheras, reconocer logros macroeconómicos reales mientras señalas peligros reales. Aceptar que el adversario puede tener razón en algo. Eso es lo que Borges entendía.