En el corazón denso de Madrid, una queja por ruido nocturno se convirtió en el germen de una amistad y, con ella, en una reflexión sobre cómo los espacios que habitamos pueden aprisionar o liberar el espíritu. El arquitecto Gonzalo Pardo transformó el dúplex oscuro y fragmentado de su vecino Philippe Muñoz desplazando y rediseñando la escalera —ese elemento que separa tanto como une— hasta convertirla en el alma luminosa de la vivienda. El proyecto recuerda que el buen diseño no resuelve solo problemas técnicos, sino que da forma a la manera en que vivimos con nosotros mismos y con los demás.