Cuando Trump y Xi se encuentren en la Casa Blanca, no solo negociarán aranceles o territorios, sino algo más profundo: dos civilizaciones que miran la misma tecnología y ven mundos opuestos. Para Estados Unidos, la inteligencia artificial es una amenaza que exige cautela; para China, es la confirmación de un destino histórico largamente esperado. Esa brecha de percepción, arraigada en la confianza institucional y en la experiencia cotidiana, definirá los límites de lo que es posible acordar.