En septiembre de 2026, Donald Trump propone renombrar el estado de Nuevo México como 'Nueva América', culminando una tendencia que ya había rebautizado el golfo de México, la montaña Denali y el lago Ontario con nombres que borran herencias indígenas, vecinas y continentales. Detrás de cada cambio cartográfico late una pregunta antigua sobre el poder y la memoria: ¿quién tiene el derecho de nombrar la tierra, y qué se pierde cuando un nombre desaparece? Lo que parece excentricidad es, en realidad, un método de gobierno que convierte el mapa en espectáculo y la distracción en política.