En el otoño de 2026, Donald Trump rechazó cualquier nueva regulación sobre la inteligencia artificial, enmarcando el debate no como una cuestión de ética o seguridad, sino como un capítulo más de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Al calificar las restricciones de 'conspiración enfermiza', Trump desplazó la conversación sobre gobernanza tecnológica hacia el terreno de la ventaja nacional, sugiriendo que frenar la IA estadounidense equivale a ceder terreno al adversario. En esta visión, el control no desaparece, sino que se concentra en la figura presidencial misma.