En el otoño de 2026, Donald Trump convirtió el debate sobre la inteligencia artificial en una declaración de guerra geopolítica, acusando a fuerzas internas de conspirar para frenar el desarrollo tecnológico estadounidense en beneficio exclusivo de China. Su argumento no es técnico ni regulatorio, sino civilizatorio: quien controle la IA controlará el orden mundial de las próximas décadas. En esta narrativa, cualquier restricción que no emane de su propia autoridad presidencial es, por definición, una rendición estratégica.