Cuando una nación intenta absorber a otra mediante la retórica de la inevitabilidad, a veces lo único que logra es revelarle a esa nación cuánta libertad le queda por defender. Las declaraciones de Donald Trump sobre convertir a Canadá en el estado 51 de Estados Unidos no produjeron sumisión, sino lo contrario: impulsaron a Ottawa a explorar una asociación formal con la Unión Europea, junto a Nueva Zelanda y Australia. Lo que fue concebido como presión táctica se convirtió en un punto de quiebre geopolítico, reorientando a Canadá desde el sur hacia el Atlántico.