En el corazón de Washington, Donald Trump ha revelado que su proyectado Arco de Triunfo no será un simple monumento conmemorativo, sino una instalación militar activa con drones, francotiradores y munición. La propuesta, ya aprobada por la FAA en sus aspectos técnicos, disuelve una frontera que las democracias modernas han procurado mantener: la que separa el espacio cívico del aparato armado del Estado. Lo que se presenta como arquitectura patriótica plantea, en el fondo, una pregunta sobre qué tipo de poder quiere exhibir una nación ante sus propios ciudadanos.