Justicia y prevención: la respuesta integral a la violencia juvenil

Un menor falleció durante una encerrona en San Bernardo, generando demanda de respuestas desde justicia y prevención social.
La mayoría de conductas antisociales no se vuelven permanentes con un adulto protector
Un psicólogo académico explica por qué la prevención temprana puede cambiar trayectorias de vida adolescente.

Un adolescente perdió la vida durante una encerrona en San Bernardo, y su muerte abre una pregunta que las sociedades modernas evitan con demasiada frecuencia: ¿qué condiciones humanas y estructurales convierten a un joven en perpetrador de violencia? La neurociencia del desarrollo y la evidencia de la OMS coinciden en que el cerebro adolescente es moldeable, vulnerable y profundamente sensible al entorno, lo que no absuelve responsabilidades, pero sí exige que la respuesta colectiva sea tan compleja como el problema. Chile, como tantas otras naciones, enfrenta el desafío de construir simultáneamente justicia y prevención, sin sacrificar una en nombre de la otra.

  • La muerte de un menor en una encerrona en San Bernardo sacude a la comunidad y exige respuestas urgentes tanto del sistema judicial como del Estado social.
  • La corteza prefrontal no madura hasta los 25 años, lo que hace a los adolescentes especialmente vulnerables a la impulsividad y la presión de grupo, aunque eso no elimina su responsabilidad penal.
  • El estrés tóxico y la pobreza alteran el desarrollo neuronal de los jóvenes, y la OMS documenta una correlación directa entre desigualdad económica y violencia juvenil.
  • La evidencia científica ofrece un dato esperanzador: la mayoría de las conductas antisociales adolescentes no se vuelven permanentes cuando existe un adulto protector o un Estado que interviene a tiempo.
  • Chile enfrenta una deuda doble: un sistema judicial que debe garantizar justicia real y programas de prevención que lleguen a las infancias más vulnerables antes de que ocurra la tragedia.

Un adolescente murió en una encerrona en San Bernardo. El hecho duele y obliga a una pregunta incómoda: ¿qué lleva a otros jóvenes a participar en actos de violencia semejantes?

La ciencia ofrece una respuesta parcial pero poderosa. La corteza prefrontal —la región del cerebro que regula impulsos, anticipa consecuencias y genera empatía— no termina de formarse hasta los 25 años. Mientras tanto, los circuitos de búsqueda de recompensa ya operan a plena potencia. Este desfase neurobiológico explica la impulsividad adolescente y la facilidad con que los jóvenes ceden a la presión de sus pares. No los exime de responsabilidad, pero sí justifica por qué una intervención temprana puede cambiar trayectorias de vida.

La neurociencia, sin embargo, es solo parte del cuadro. La OMS ha documentado una correlación sólida entre violencia juvenil, desigualdad económica y ausencia de redes de protección social. Crecer en entornos marcados por violencia y estrés crónico altera la arquitectura neuronal y empuja hacia conductas antisociales. Pero la evidencia también es esperanzadora: esas conductas raramente se vuelven permanentes cuando existe un adulto protector, un Estado presente o programas escolares que enseñen habilidades sociales y ofrezcan alternativas reales.

Chile está en deuda en ambos frentes. Necesita un sistema judicial que entregue justicia efectiva y genere seguridad. Pero también necesita prevención: infancias nutritivas, adultos protectores en las comunidades más vulnerables y programas que actúen antes de que llegue la tragedia. La muerte de este menor no es solo un caso judicial; es el síntoma de un sistema que falla al mismo tiempo en castigar el crimen y en evitarlo.

Un adolescente murió durante una encerrona en San Bernardo. El hecho golpea. Y obliga a la sociedad a hacer una pregunta incómoda: ¿qué lleva a otros adolescentes a participar en actos de violencia como este?

La respuesta no es simple, pero la ciencia ofrece pistas claras. El cerebro adolescente no termina de formarse hasta los 25 años, aproximadamente. Específicamente, la corteza prefrontal—la región que controla los impulsos, que anticipa consecuencias, que genera empatía—sigue desarrollándose durante toda la adolescencia. Mientras tanto, los circuitos cerebrales asociados con la búsqueda de recompensa y sensaciones ya están activos y funcionando a plena potencia. Este desfase neurobiológico es real. Explica por qué los adolescentes tienden a actuar sin pensar, por qué buscan emociones fuertes, por qué ceden con tanta facilidad a la presión de sus pares. Esto no los exime de responsabilidad por sus actos. Pero sí explica por qué una intervención temprana y oportuna puede cambiar trayectorias de vida.

La neurociencia es solo parte de la historia. La otra parte viene de los determinantes sociales. La Organización Mundial de la Salud ha documentado una correlación fuerte entre la violencia juvenil y la desigualdad económica, la falta de redes de protección social, la pobreza. Cuando un adolescente crece en un entorno marcado por la violencia, por el estrés crónico, por la carencia, su cerebro se desarrolla de manera diferente. El estrés tóxico altera la arquitectura neuronal. Empuja hacia conductas antisociales. Pero aquí viene la noticia esperanzadora: la mayoría de estas conductas no se enquistan, no se vuelven permanentes, si existe un adulto protector presente. Si existe un Estado que actúa. Si existen programas escolares que enseñen habilidades sociales, que promuevan la crianza positiva, que ofrezcan alternativas reales.

Chile está en deuda en ambos frentes. Necesita un sistema judicial que funcione, que entregue justicia real y que genere seguridad. Pero también necesita prevención. Necesita infancias nutritivas. Necesita adultos protectores en las comunidades más vulnerables. Necesita programas que lleguen antes de que la tragedia ocurra. La muerte de este menor en San Bernardo no es solo un caso judicial. Es un síntoma de un sistema que falla en dos dimensiones simultáneamente: en castigar el crimen y en prevenirlo.

La evidencia respalda el impacto de la crianza positiva, los programas escolares y el desarrollo de habilidades sociales
— Joaquín Brieba, psicólogo y académico de la Escuela de Medicina UNAB
Necesitamos un sistema judicial capaz de entregar justicia y seguridad, pero también debemos prevenir y promover infancias nutritivas
— Joaquín Brieba, psicólogo y académico de la Escuela de Medicina UNAB
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué enfatiza tanto la maduración cerebral si al final dice que no exime responsabilidad?

Model

Porque la responsabilidad y la comprensión no son lo opuesto. Un adolescente es responsable de sus actos. Pero si entendemos por qué actúa así, podemos intervenir de manera diferente. No es excusa; es diagnóstico.

Inventor

¿Qué significa exactamente un "adulto protector"?

Model

Alguien presente. Un profesor, un entrenador, un familiar que dice "te veo, te importas, hay consecuencias pero también hay futuro". La investigación muestra que eso solo, eso cambia trayectorias.

Inventor

Pero San Bernardo es pobre, desigual. ¿Cómo llega el Estado a tiempo?

Model

Esa es la pregunta que Chile no ha respondido. Los programas existen en papel. No llegan a escala. No tienen continuidad. Y mientras tanto, los adolescentes siguen creciendo en entornos de estrés tóxico.

Inventor

¿Entonces la justicia penal no sirve?

Model

Sirve. Pero es insuficiente. Castigar después de la tragedia es necesario. Prevenir antes es lo que falta.

Inventor

¿Qué debería hacer Chile mañana?

Model

Fortalecer simultáneamente. Justicia que funcione. Y programas de prevención en las comunidades donde la violencia es más probable. Crianza positiva. Habilidades sociales. Adultos presentes. Eso no es blando; es ciencia.

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