En el desierto de Nevada, durante el festival Burning Man de 2026, un artista francés instaló una réplica de 50 metros de la Torre Eiffel partida por la mitad, tendida sobre la arena como si el tiempo mismo la hubiera vencido. La obra, de 30 toneladas, no celebra la destrucción sino que la convierte en pregunta: ¿qué queda de los símbolos cuando los vemos rotos? En un mundo que busca permanencia, el artista ofreció un monumento a lo contrario.