En el vasto debate sobre inteligencia artificial, la pregunta más silenciada no es técnica ni regulatoria: es humana. Mientras gobiernos y corporaciones trazan el futuro algorítmico, el ciudadano común —sin acceso a los centros de decisión y en sociedades cada vez más fragmentadas— permanece sin orientación práctica sobre cómo protegerse, resistir o simplemente participar. Esta ausencia no es accidental; revela una brecha estructural entre quienes diseñan el poder tecnológico y quienes simplemente lo padecen.