En marzo de 2022, mientras los tanques rusos avanzaban sobre Ucrania sin lograr doblegar la resistencia, un panel de periodistas de The Economist ofreció un diagnóstico severo: Moscú no solo cometía errores tácticos graves, sino que se negaba a aprender de ellos. En ese rechazo a la autocorrección —tanto militar como política— se dibujaba algo más profundo que una campaña mal ejecutada: la rigidez de un poder que no tolera el reconocimiento del fracaso. El conflicto, advirtieron, no era una guerra entre dos naciones vecinas, sino una confrontación entre Rusia y Occidente, con consecuencias eco
The Economist advierte que Rusia comete errores tácticos en Ucrania que Putin nunca acepta
Putin nunca preparó a su población para la guerra, y tampoco acepta sus errores
¿Por qué The Economist decidió hacer una conferencia sobre esto justo en ese momento? ¿Qué había cambiado?
Estaban tres semanas dentro de la invasión. Los primeros reportes sobre el desempeño ruso eran confusos, contradictorios. Querían que sus corresponsales más experimentados pusieran orden en el caos.
Pero espera—¿cuánto tiempo llevaban en el terreno? ¿Joshi estaba en Ucrania o hablaba desde Londres?
Hablaban desde sus bases. Joshi es editor de defensa, no corresponsal de guerra. Eso importa.
¿Y qué tan sólida era la evidencia de que Putin "no acepta sus errores"? ¿Ostrovsky tenía acceso directo?
No. Eso era análisis basado en patrones históricos y en lo que se sabía del comportamiento de Putin. Ostrovsky conoce a Rusia profundamente, pero no estaba adentro del Kremlin.
Entonces cuando dicen que Rusia comete errores sin aprender, ¿eso es observación o interpretación?
Observación de lo que estaba pasando en el campo de batalla. Interpretación sobre por qué no cambiaban de táctica.
¿Y las sanciones? ¿Foulis tenía datos reales sobre inflación o era predicción?
Datos reales. Las sanciones ya estaban en vigor. Lo que era predicción era el alcance global del daño económico.
Eso es importante. Porque el daño a Rusia era medible. El daño al mundo era teoría.
Exacto. Y por eso Carr terminó con "minimizar muertes". Era lo único que podían decir con certeza que importaba.
El Pulso
- Las fuerzas rusas acumulaban errores tácticos repetidos en su avance sobre Kyiv, sin que el mando militar mostrara señales de ajustar la estrategia.
- La resistencia ucraniana superaba con creces las expectativas del Kremlin, complicando cada etapa del plan de invasión y agotando el impulso ofensivo ruso.
- Las sanciones internacionales golpeaban con fuerza desigual a la población rusa: los habitantes de grandes ciudades integradas a la economía global sufrían el colapso bancario y cambiario, mientras las ciudades pequeñas permanecían relativamente aisladas del impacto.
- Putin no había preparado psicológicamente a su pueblo para la guerra y se negaba a reconocer sus propios errores de cálculo, una rigidez que trascendía lo militar.
- Los mercados energéticos, la inflación y el suministro de alimentos se veían sacudidos a escala global, convirtiendo el conflicto en una crisis económica de alcance continental.
- El horizonte más realista que el panel pudo proyectar era minimizar la pérdida de vidas —una medida que, por sí sola, revelaba la profundidad del deterioro ya alcanzado.
En marzo de 2022, mientras los tanques rusos avanzaban sobre Ucrania sin lograr doblegar la resistencia, un panel de periodistas de The Economist ofreció un diagnóstico severo: Moscú no solo cometía errores tácticos graves, sino que se negaba a aprender de ellos. En ese rechazo a la autocorrección —tanto militar como política— se dibujaba algo más profundo que una campaña mal ejecutada: la rigidez de un poder que no tolera el reconocimiento del fracaso. El conflicto, advirtieron, no era una guerra entre dos naciones vecinas, sino una confrontación entre Rusia y Occidente, con consecuencias económicas que ya comenzaban a sentirse en todos los continentes.
Un viernes de mediados de marzo de 2022, periodistas de alto rango de The Economist se reunieron virtualmente para analizar la invasión rusa de Ucrania. Su veredicto fue contundente: Moscú cometía errores graves y no mostraba ninguna intención de corregirlos.
Shashank Joshi, editor de Defensa, describió una campaña más costosa de lo que el Kremlin había previsto. Las fuerzas rusas luchaban por consolidarse en Kyiv, sus tropas estaban agotadas y el patrón más preocupante no era el error en sí, sino la incapacidad de aprender de él. La resistencia ucraniana resultaba mucho más formidable de lo esperado. Aun así, Joshi reconoció un contrapeso significativo: Occidente respondía con una solidaridad notable, enviando armas a Kyiv para sostener la defensa.
Arkady Ostrovsky, corresponsal en Rusia, trasladó la mirada al frente interno. Las sanciones golpeaban de forma desigual: quienes vivían en grandes ciudades conectadas a la economía global sufrían el cierre de bancos y el colapso de las casas de cambio, mientras las ciudades pequeñas experimentaban menos disrupciones visibles. Ostrovsky señaló algo más inquietante: Putin nunca preparó a su población para la guerra y se negaba a admitir sus propios errores de cálculo, una actitud que iba mucho más allá de lo táctico.
Patrick Foulis, editor de negocios, amplió el foco hacia las consecuencias globales. La inflación se disparaba, los mercados energéticos estaban en turbulencia y el suministro de alimentos se veía amenazado —disrupciones que no eran abstracciones estadísticas, sino realidades que se propagarían por continentes enteros.
El panel coincidió en una reencuadre fundamental: esto no era una guerra entre dos países vecinos, sino una confrontación entre Rusia y Occidente. Y ante la posibilidad del uso de armas químicas, el horizonte se oscurecía aún más. Edward Carr, subdirector de la publicación, ofreció la reflexión final: el mejor resultado realista sería minimizar la pérdida de vidas. Que esa fuera la cota máxima de esperanza decía todo sobre cuánto había deteriorado ya la situación.
A panel of senior journalists from The Economist gathered virtually on a Friday in mid-March 2022 to dissect Russia's invasion of Ukraine, and their assessment was blunt: Moscow was making serious mistakes, learning nothing from them, and showing no signs of course correction.
Shashank Joshi, the publication's defense editor, laid out the operational picture with precision. The war was proving far more costly than the Kremlin had anticipated. Russian forces were struggling to establish themselves in Kyiv. Yes, they had achieved some territorial gains, but their troops were exhausted and running low on momentum. More damaging than the tactical setbacks themselves was what Joshi identified as a pattern: Russia was committing repeated errors in how it conducted the campaign, yet there was no evidence the military leadership was absorbing those lessons or adjusting strategy accordingly. The Ukrainian resistance, he noted, was proving far more formidable than Moscow had apparently expected, complicating every aspect of the invasion plan. Looking ahead, Joshi offered little comfort. The coming days would be very difficult. But he also acknowledged something that mattered: the West was responding with what he called an impressive show of solidarity. Weapons were flowing to Kyiv to help Ukrainian forces push back against the Russian onslaught.
Arkady Ostrovsky, The Economist's Russia correspondent, shifted focus to the home front. International sanctions were hitting the Russian population hard, he reported, and the pain was unevenly distributed. Russians had long been accustomed to traveling abroad; now they were trapped inside their borders. Banks were becoming inaccessible. Currency exchanges had seized up. Those living in major cities—places deeply woven into the global economy—were feeling the squeeze most acutely. People in smaller towns, by contrast, had experienced less visible disruption to their daily lives. Ostrovsky made a pointed observation about Putin himself: the president had never prepared his population psychologically for war, and he was unwilling to acknowledge his own miscalculations. That refusal to admit error, Ostrovsky suggested, was a problem that went beyond military tactics.
Patrick Foulis, the business editor, widened the lens to global consequences. The war was creating severe economic dislocations worldwide. For Russia itself, the fallout would be grave. Inflation was spiking. Energy markets were in turmoil. Food supplies were being disrupted. These were not abstract economic indicators—they represented real shortages and rising costs that would ripple across continents.
The panel converged on one darker possibility: the use of chemical weapons could become catastrophic. And they agreed on a fundamental reframing of the conflict itself. This was not simply a war between Russia and Ukraine. It was, in effect, a confrontation between Russia and the West.
Edward Carr, The Economist's deputy editor, offered a closing thought on what might constitute success in the months ahead. The best realistic outcome, he said, would be to minimize the loss of life. It was a sobering measure of how far the situation had already deteriorated—that preventing further death had become the ceiling for hope.
Citas Notables
Al Kremlin le está costando mucho la guerra y establecer sus fuerzas en Kyiv; las tropas se están cansando y quedando sin energía— Shashank Joshi, editor de Defensa de The Economist
Los rusos solían viajar mucho por el mundo y ahora no pueden salir del país; están sufriendo dificultades para cambiar dinero a monedas internacionales— Arkady Ostrovsky, corresponsal de Rusia de The Economist