En 1926, cuando el automóvil apenas comenzaba a rediseñar el mundo, Nikola Tesla ya miraba más allá de las carreteras y vislumbraba un cielo poblado de máquinas voladoras alimentadas por energía inalámbrica. Su convicción no era fantasía sino razonamiento: así como las ruedas habían desplazado a los caballos, las alas desplazarían a las ruedas. Casi un siglo después, la industria tecnológica y aeronáutica avanza hacia vehículos aéreos autónomos que parecen darle, lentamente, la razón.