En el segundo día de la Asamblea General de la ONU, el mundo volvió a contemplarse a sí mismo en el espejo imperfecto del multilateralismo: líderes que amenazan y negocian al mismo tiempo, guerras que esperan voluntades ajenas para terminar, y tecnologías que avanzan más rápido que las instituciones capaces de regularlas. Nueva York fue, una vez más, el escenario donde la retórica y la diplomacia silenciosa coexisten sin resolverse del todo.