A los pies del Moncayo, donde cuatro regiones se encuentran, Tarazona guarda en silencio uno de los legados renacentistas más singulares de Europa. En el siglo XVI, mecenas y artistas italianos transformaron esta ciudad aragonesa en un laboratorio del arte nuevo, dejando en las bóvedas de su catedral desnudos tan audaces que el Concilio de Trento los condenó al yeso durante siglos. Hoy, tras décadas de restauración, esas imágenes han vuelto a la luz para recordarnos que la belleza más radical suele ser también la más duradera.
Tarazona, la joya aragonesa que alberga la Capilla Sixtina del Renacimiento español
Desnudos únicos en una catedral europea que causaron escándalo
¿Por qué una catedral en Aragón recibe el apodo de Capilla Sixtina?
Porque Alonso González pintó en sus bóvedas algo que Roma había hecho famoso: desnudos en un espacio sagrado. Pero en Tarazona fue más radical. Incluyó personajes mitológicos junto a bíblicos, algo que no ocurrió en ninguna otra catedral europea.
¿Y eso causó problemas?
Escándalo absoluto. Tanto que la Iglesia ordenó cubrirlas con yeso. Permanecieron ocultas durante siglos. Solo en restauraciones recientes volvieron a verse.
¿Quién fue Pietro Morone?
Un pintor italiano que se afincó en la comarca del Moncayo. Fue el puente entre lo que se hacía en Italia y lo que Tarazona necesitaba ser. Diseñó palacios, influyó en artistas locales, transformó la ciudad.
¿Qué hace que Tarazona sea diferente de otras ciudades renacentistas españolas?
Su escala. No es una capital. Es una ciudad media que alcanzó un nivel artístico excepcional en pocas décadas. Y luego se quedó así, congelada, mientras el mundo seguía adelante. Eso es lo que la preservó.
¿Bécquer vio la catedral restaurada?
No. Visitó Tarazona en 1863 y 1864. Las pinturas seguían bajo el yeso. Pero vio la arquitectura, los palacios, el paisaje. Eso fue suficiente para enamorarse.
¿Qué debería ver alguien que visite hoy?
La catedral, por supuesto. Pero también caminar sin prisa por las calles, ver cómo la ciudad medieval se convierte en renacentista, cómo el río Queiles divide barrios de diferentes épocas. Y subir a las terrazas del cimborrio. Desde allí ves el Moncayo y entiendes por qué los artistas quisieron quedarse.
El Pulso
- Las grisallas con desnudos bíblicos y mitológicos de la catedral de Tarazona fueron tan escandalosas en el siglo XVI que la Iglesia las ocultó bajo capas de yeso durante cientos de años.
- Casi treinta años de restauración fueron necesarios para devolver a la vista unas pinturas que no tienen equivalente en ninguna otra catedral europea.
- El patrimonio renacentista de la ciudad —palacios, iglesias, el Palacio Episcopal diseñado por Pietro Morone— permanece en gran medida fuera de los grandes circuitos turísticos, ignorado pese a su excepcionalidad.
- Nuevas rutas histórico-artísticas y experiencias como 'Kiborion' buscan acercar este legado a visitantes que aún desconocen que Aragón alberga su propia Capilla Sixtina.
- Tarazona atrae hoy a quienes buscan un viaje al siglo XVI sin multitudes, combinando arte, historia de tres culturas y la huella literaria de Gustavo Adolfo Bécquer.
A los pies del Moncayo, donde cuatro regiones se encuentran, Tarazona guarda en silencio uno de los legados renacentistas más singulares de Europa. En el siglo XVI, mecenas y artistas italianos transformaron esta ciudad aragonesa en un laboratorio del arte nuevo, dejando en las bóvedas de su catedral desnudos tan audaces que el Concilio de Trento los condenó al yeso durante siglos. Hoy, tras décadas de restauración, esas imágenes han vuelto a la luz para recordarnos que la belleza más radical suele ser también la más duradera.
A los pies del Moncayo, en el cruce de caminos entre Aragón, Navarra, Soria y La Rioja, Tarazona parece detenida en el tiempo. Durante el siglo XVI, un florecimiento económico sin precedentes atrajo a artistas y mecenas italianos como Pietro Morone y el pintor Alonso González, quienes convirtieron la ciudad en un laboratorio del Renacimiento español. Lo que construyeron entonces sigue en pie, esperando ser descubierto.
El corazón de ese legado es la catedral de Santa María de la Huerta, un palimpsesto de estilos —gótico francés, mudéjar y renacentista— que guarda en su interior algo sin parangón en Europa. Alonso González pintó las bóvedas con grisallas, técnica que simula el relieve escultórico, pero fue más allá: incluyó desnudos de Adán y Eva y figuras mitológicas como Apolo, Venus y Baco en espacios sagrados. La provocación fue tal que el Concilio de Trento ordenó cubrirlas con yeso. Solo tras casi treinta años de restauración volvieron a la luz, ganando a la catedral el apodo de Capilla Sixtina del Renacimiento español.
El Renacimiento de Tarazona no se detiene en la catedral. El Palacio de Eguarás exhibe un patio de columnas anilladas y un jardín botánico del siglo XVI. El Palacio Episcopal, diseñado por Morone sobre cimientos musulmanes, proyecta su célebre fachada volada hacia el río Queiles. La iglesia de San Francisco, el Ayuntamiento —antigua lonja municipal— y la singular Plaza de Toros Vieja de forma octogonal completan un tejido urbano que es, en sí mismo, un documento histórico.
Porque Tarazona es también mucho más que Renacimiento. Su trazado romano acoge una judería, una morería y barrios mudéjares, y el claustro de la catedral conserva más de 150 diseños geométricos en celosías de yeso, todos distintos. Tres culturas convivieron aquí y dejaron su huella superpuesta en cada calle. Gustavo Adolfo Bécquer lo intuyó cuando se hospedó en el cercano monasterio de Veruela entre 1863 y 1864: en sus nueve «Cartas desde mi celda» reconoció en Tarazona algo que trasciende lo pintoresco.
Hoy, la ciudad ofrece visitas familiares los sábados, la experiencia «Kiborion» para recorrer terrazas y bóvedas, y una nueva ruta renacentista que conecta palacios, iglesias y plazas en un viaje al siglo XVI sin abandonar el presente.
A los pies del Moncayo, donde convergen los caminos de Aragón, Navarra, Soria y La Rioja, existe una ciudad que parece detenida en el tiempo. Tarazona no es un nombre que aparezca en todos los itinerarios turísticos por casualidad. Durante el siglo XVI, cuando la ciudad experimentó un florecimiento económico sin precedentes, artistas y mecenas italianos como Pietro Morone y el pintor Alonso González la convirtieron en un laboratorio del Renacimiento español. Lo que construyeron entonces sigue en pie, intacto, esperando ser descubierto.
La catedral de Santa María de la Huerta es el corazón de esta transformación. Originaria del siglo XIII, el edificio es un palimpsesto de estilos: gótico francés, mudéjar, y luego, en su interior, algo que no tiene parangón en Europa. Alonso González pintó las bóvedas de la capilla mayor y la ornamentación del cimborrio con grisallas, esas técnicas de tonos grises que simulan el relieve de la escultura. Pero lo que distingue a Tarazona es lo que pintó dentro de esas grisallas: desnudos. Adán y Eva aparecen sin velos. Apolo, Venus y Baco —personajes mitológicos, no bíblicos— ocupan espacios sagrados. Estas imágenes, únicas en una catedral europea, fueron tan radicales que provocaron escándalo. El Concilio de Trento obligó a ocultarlas bajo capas de yeso durante siglos. Solo después de casi treinta años de restauración volvieron a la luz, revelando por qué la catedral ganó el apodo de Capilla Sixtina del Renacimiento español.
El legado renacentista no se limita al interior de la catedral. Caminando por las calles empedradas, el visitante encuentra el Palacio de Eguarás, con su patio central de columnas anilladas y su jardín botánico del siglo XVI. El Palacio Episcopal, construido sobre los cimientos de una antigua fortaleza musulmana, exhibe la fachada volada hacia el río que es quizá la imagen más reconocible de Tarazona. Su patio, su escalera noble y el salón de los obispos fueron diseñados por Pietro Morone. La iglesia de San Francisco alberga obras que confirman el nivel artístico que alcanzó la ciudad en la década de 1530. El Ayuntamiento, originariamente una lonja municipal, muestra elementos renacentistas en su fachada. La iglesia de Santa María Magdalena conserva retablos de valor. Incluso la Plaza de Toros Vieja, construida en 1792 con forma octogonal y aún habitada, es un monumento singular que mezcla lo práctico con lo peculiar.
Tarazona no es solo Renacimiento. La ciudad es un documento urbano de múltiples capas. Su trazado romano, marcado por el río Queiles, acoge una judería, una morería, barrios mudéjares y la ciudad cristiana amurallada con restos de torreones defensivos. El claustro mudéjar de la catedral posee celosías de yeso, todas diferentes, con más de 150 diseños geométricos. Estos espacios cuentan la historia de tres culturas que convivieron en la Hispania medieval y renacentista.
El poeta Gustavo Adolfo Bécquer llegó a Tarazona entre 1863 y 1864, hospedándose en el cercano monasterio de Veruela junto a su hermano Valeriano. Los caminos del Moncayo lo inspiraron para escribir sus nueve "Cartas desde mi celda", publicadas en el diario El Contemporáneo. Bécquer se sintió atraído por la Plaza de España, antigua plaza del mercado, y por la fachada del Ayuntamiento. Su fascinación por el lugar no fue romántica sino profunda: reconoció en Tarazona algo que trasciende lo pintoresco.
Hoy, la catedral organiza visitas especiales para familias los sábados por la tarde. Existe una experiencia llamada "Kiborion" que permite acceder a las terrazas, bóvedas y cimborrio, admirar de cerca las pinturas y disfrutar de vistas amplias. Las nueve campanas del campanario de Tarazona son consideradas entre las que mejor suenan en España. Una nueva ruta histórico-artística del Renacimiento guía a los visitantes a través de los principales monumentos, conectando palacios, iglesias y plazas en un recorrido que es, en esencia, un viaje al siglo XVI sin abandonar el presente.
Citas Notables
Lo que convierte a la catedral de Tarazona en la Capilla Sixtina del Renacimiento Español es la ornamentación interior del cimborrio y la bóveda de la capilla mayor— Descripción del patrimonio de Tarazona
Gustavo Adolfo Bécquer fue un enamorado de Tarazona, recorriendo los caminos del Moncayo e inspirándose en la ciudad para escribir sus nueve Cartas desde mi celda— Historia literaria de Tarazona