Sztajnszrajber revive a Aristóteles: la verdad como correspondencia entre lenguaje y realidad

La verdad tiene que ver con esa conexión entre lenguaje y realidad
Sztajnszrajber explica por qué Aristóteles comienza con el verbo decir, no con la realidad misma.
Mark

¿Por qué Sztajnszrajber vuelve a Aristóteles ahora, en 2026, cuando parecería que la filosofía antigua no tiene nada que decirnos sobre redes sociales y algoritmos?

Mimi

Porque Aristóteles diagnosticó algo fundamental: que la verdad es un acto de lenguaje, no un estado de cosas. Cuando dices algo, estás haciendo una afirmación sobre la realidad. Eso sigue siendo cierto hoy. Lo que cambió es que ahora cada quien puede afirmar lo que quiera sin consecuencias.

Luke

Pero espera. Sztajnszrajber mismo admite que nadie puede salirse de sí mismo para verificar objetivamente. Entonces, ¿en qué sentido la definición aristotélica es más que una aspiración?

Mimi

Es una aspiración, sí. Pero una aspiración que funciona. Cuando prendes la canilla y sale agua, no estás fuera de ti mismo. Estás verificando algo que es independiente de tu opinión. El problema de la posverdad es que confunde esas dos cosas.

Mark

¿Entonces la solución es simplemente ser más rigurosos? ¿Verificar más, pensar mejor?

Mimi

Parcialmente. Pero Sztajnszrajber sugiere algo más profundo: que la filosofía nos enseña a descentrarnos, a cuestionar la imposición de la utilidad. No se trata solo de ser rigurosos; se trata de resistir la presión de estar siempre optimizando, siempre rentabilizando.

Luke

Aunque hay que ser honesto: el artículo no explica cómo la filosofía nos ayuda a resolver un conflicto político real donde dos grupos tienen definiciones completamente diferentes de un hecho. ¿Cómo Aristóteles resuelve eso?

Mimi

Probablemente no lo resuelve. Pero al menos nos obliga a reconocer que hay un problema real: que estamos hablando de cosas diferentes, que nuestros lenguajes no corresponden a la misma realidad.

Mark

¿Y eso es suficiente?

Mimi

Es un comienzo.

  • La posverdad no es simplemente mentira organizada: es la sustitución silenciosa de la comprobación empírica por la validación de lo que cada uno desea creer, un fenómeno que erosiona los cimientos del diálogo colectivo.
  • Sztajnszrajber señala una tensión irresuelta: Aristóteles presupone una realidad objetiva accesible, pero nadie observa el mundo desde ningún lugar neutral, siempre desde una cultura, unos prejuicios y una historia personal.
  • La distinción entre verdades cotidianas —el agua que sale de la canilla— y verdades filosóficas —el sentido de la existencia— abre una salida al escepticismo paralizante, reconociendo que no todo tipo de verdad se verifica del mismo modo.
  • La filosofía aparece como práctica de descentramiento: una resistencia activa a la lógica de la utilidad que exige optimizar, rendir y consumir, incluso la propia verdad.
  • El horizonte que propone el análisis no es una vuelta nostálgica a Aristóteles, sino comprender por qué fue abandonado y qué se perdió en ese abandono.

En un tiempo en que la verdad parece haberse fragmentado en tantas versiones como personas existen, el filósofo Darío Sztajnszrajber regresa a Aristóteles no para restaurar certezas perdidas, sino para preguntarse qué ocurre cuando una civilización olvida que la verdad exige esfuerzo. La definición clásica —que decir verdad es hacer corresponder el lenguaje con lo que realmente existe— choca hoy contra una era que privilegia el sesgo personal sobre la verificación, construyendo burbujas donde cada creencia se confirma a sí misma. El problema no es nuevo, pero su urgencia sí: cuando la verdad se convierte en producto de consumo elegido a gusto, algo esencial en el proyecto humano de conocer el mundo queda abandonado.

Darío Sztajnszrajber conversa sobre un problema antiguo con urgencia contemporánea: qué es la verdad y cómo sabemos que algo es verdadero. Para ello regresa a Aristóteles, no por nostalgia intelectual, sino como brújula en un mundo que parece haber perdido el norte.

Aristóteles propuso que la verdad existe cuando hay correspondencia entre lo que decimos, lo que pensamos y lo que efectivamente existe. Lo radical de esta definición, subraya Sztajnszrajber, no está en la conclusión sino en el punto de partida: Aristóteles comienza con el verbo decir. La verdad es, ante todo, un asunto de lenguaje; la conexión entre palabras, ideas y un mundo que existe independientemente de nosotros.

El problema es que vivimos en una era que ha invertido ese orden. La posverdad no es simplemente la mentira: es la supremacía del sesgo personal sobre la comprobación empírica, la construcción de burbujas donde cada quien habita su propia verdad, reforzada por quienes piensan igual. Y aquí Sztajnszrajber formula la pregunta incómoda: ¿quién puede realmente salirse de sí mismo para verificar objetivamente la realidad? Nadie observa desde ningún lugar neutro. Siempre hay una cultura, unos prejuicios, una historia que media la mirada.

Sin embargo, el filósofo no se detiene en el escepticismo. Introduce una distinción que abre camino: las verdades cotidianas —prendes la luz, se enciende— se verifican en la acción y nadie las discute. Pero las verdades filosóficas, las que preguntan por el sentido de la existencia y la relación con los demás, no se prueban con un interruptor. Se construyen en el diálogo y en el descentramiento de uno mismo.

Ahí reside la función irreemplazable de la filosofía: obligarnos a salir de nosotros mismos, a cuestionar lo que damos por sentado, a resistir la imposición de rendir y optimizar hasta la propia manera de conocer. Aristóteles sigue siendo relevante, concluye Sztajnszrajber, no como respuesta definitiva sino como pregunta viva: ¿podemos establecer correspondencia entre lenguaje y realidad, o esa correspondencia es siempre parcial y situada? La posverdad no es el enemigo de Aristóteles; es su consecuencia lógica cuando olvidamos que la verdad requiere esfuerzo, verificación y honestidad intelectual.

Darío Sztajnszrajber se sienta a conversar sobre un problema que no es nuevo, pero que hoy toca con urgencia: qué es la verdad y cómo sabemos que algo es verdadero. En una entrevista con LA NACION, el filósofo argentino regresa a Aristóteles, no como ejercicio de nostalgia intelectual, sino como brújula para entender por qué el mundo contemporáneo parece haber perdido el norte.

Aristóteles ofreció una definición que suena simple pero que contiene una arquitectura compleja. La verdad, según el filósofo griego, existe cuando hay correspondencia entre lo que decimos, lo que pensamos y lo que efectivamente existe. Decir que algo es cuando realmente es, decir que no es cuando no existe: eso es verdadero. Lo inverso es falso. Sztajnszrajber subraya que lo radical de esta propuesta no está en la conclusión, sino en el punto de partida: Aristóteles comienza con el verbo decir. No con la realidad, no con el pensamiento aislado, sino con el acto de enunciar. Porque la verdad, en este esquema, es fundamentalmente un asunto de lenguaje. Es la conexión que se establece entre las palabras que pronunciamos, las ideas que albergamos y el mundo que existe independientemente de nosotros.

Pero aquí es donde el filósofo contemporáneo levanta la mano y señala el problema. Vivimos en una era que ha invertido el orden aristotélico. Hoy, lo que prevalece no es la correspondencia con la realidad, sino la validación de lo que cada uno cree, siente o desea creer. La posverdad no es simplemente la mentira; es algo más insidioso. Es la supremacía del sesgo personal sobre la comprobación empírica. Es la construcción de burbujas donde cada quien habita su propia verdad, y esa verdad se refuerza a sí misma porque está rodeada de gente que piensa igual.

Sztajnszrajber plantea una pregunta incómoda: ¿quién puede realmente salirse de sí mismo para verificar objetivamente que algo es como es? Nadie observa la realidad desde ningún lado. Siempre observamos desde algún lugar, con los ojos que tenemos, los prejuicios que cargamos, la cultura que nos formó. Las grandes verdades que la historia ha considerado verdaderas han sido siempre relativas a sus propios contextos, a sus paradigmas culturales y sociales. La verdad aristotélica presupone una realidad objetiva accesible; pero ¿es realmente accesible, o es una ilusión reconfortante?

Ahora bien, Sztajnszrajber no se queda en el escepticismo paralizante. Introduce una distinción que abre una salida. Existen verdades cotidianas y verdades filosóficas. Las primeras son las de la utilidad mecánica: prendes la canilla, sale agua. Prendes la luz, se enciende. Son verdades que funcionan, que se verifican en la acción, que tienen una utilidad directa e inmediata. Nadie discute si el agua sale de la canilla; el resultado habla por sí solo.

Pero hay otro orden de verdades, las que buscan sentido existencial, las que preguntan por qué estamos aquí, qué significa vivir, cómo debemos relacionarnos con los demás. Esas verdades no se prueban prendiendo un interruptor. Se construyen en el diálogo, en la reflexión, en el descentramiento de uno mismo. Y aquí es donde la filosofía cumple una función que la utilidad no puede cumplir: nos obliga a salir de nosotros mismos, a cuestionar lo que damos por sentado, a resistir la imposición permanente de rendir, de ser útiles, de optimizar cada aspecto de la existencia.

En el fondo, Sztajnszrajber está diciendo que Aristóteles sigue siendo relevante, pero no como respuesta definitiva. Es relevante como pregunta. ¿Realmente podemos establecer correspondencia entre lenguaje y realidad? ¿O esa correspondencia es siempre mediada, siempre parcial, siempre situada en un punto de vista? La posverdad no es el enemigo de Aristóteles; es su consecuencia lógica cuando olvidamos que la verdad requiere esfuerzo, verificación, honestidad intelectual. Cuando la verdad se convierte en un producto de consumo que cada quien elige según sus preferencias, hemos abandonado completamente la idea aristotélica. Y quizá lo que necesitamos no es volver a Aristóteles, sino entender por qué lo abandonamos.

Decir de lo que es, que es, y de lo que no es, que no es, es verdadero. Ahora, decir de lo que es, que no es, y de lo que no es, que es, es falso
— Aristóteles, citado por Darío Sztajnszrajber
¿Quién puede salir a la realidad, o sea, salirse de uno mismo para comprobar objetivamente que algo es como es?
— Darío Sztajnszrajber
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