Sven Beckert: «La derecha populista es el gran enemigo del capitalismo, no la izquierda»

El CEO de Apple no vive en la fábrica; vive en Silicon Valley y jamás ve a los trabajadores
Beckert ilustra cómo la desconexión física entre empresarios y empleados ha erosionado la responsabilidad moral del capitalismo moderno.
Mark

¿Por qué crees que Beckert insiste tanto en que el capitalismo no es natural sino histórico?

Mimi

Porque eso cambia todo. Si es histórico, tiene un origen y tendrá un final. No es una ley de la naturaleza. Significa que fue inventado y que podría ser reemplazado.

Luke

Pero eso es casi una tautología. Casi todo lo que hacemos los humanos es histórico. ¿Qué nos dice eso sobre si el capitalismo durará otros mil años o se derrumbará en cincuenta?

Mark

Entonces, ¿cuál es el verdadero enemigo del capitalismo según Beckert?

Mimi

La derecha populista, no la izquierda. Dice que las fuerzas anticapitalistas reales son pocas y están desconectadas. Lo que mata al capitalismo es cuando pierde legitimidad.

Luke

Pero eso es una afirmación sobre el presente. ¿Tiene datos sobre cuánta gente cree que el capitalismo ha perdido legitimidad? ¿O es una impresión?

Mark

¿Qué le preocupa más: los oligarcas tecnológicos o la desigualdad?

Mimi

Creo que son lo mismo. Los oligarcas crean desigualdad, pero lo que realmente le preocupa es que ya no viven en el mismo mundo que sus trabajadores. No los ven.

Luke

Eso es una observación sociológica interesante, pero ¿es realmente nueva? Los dueños de fábricas del siglo XIX tampoco vivían con sus trabajadores en la mayoría de los casos. Ford y Agnelli eran excepciones.

Mark

¿Cree que la inteligencia artificial podría causar una crisis como la de 1929?

Mimi

Beckert no lo sabe, pero dice que hay señales de alerta. Se está invirtiendo mucho en infraestructuras muy caras sin saber si serán rentables.

Luke

Pero eso es especulación. Él mismo dice que no puede predecir el futuro. ¿Hay algún economista que esté estudiando esto con rigor?

Mark

¿Qué significa que el capitalismo sea ahora posindus trial?

Mimi

Que ya no importa quién fabrica las cosas. Lo importante es quién controla el diseño, la marca, la distribución. Apple no posee sus fábricas pero controla todo lo demás.

Luke

Eso es verdad, pero ¿es realmente diferente del modelo de la Compañía de las Indias Orientales que menciona? ¿O es solo que ahora se llama subcontratación global?

  • Un libro de 1.408 páginas sobre mil años de capitalismo llega a Madrid con una advertencia urgente: el sistema no está en peligro por sus enemigos ideológicos, sino por la pérdida de confianza de quienes lo sostienen.
  • La desigualdad extrema y el consumismo ostentoso de los muy ricos están erosionando la legitimidad del capitalismo más rápido que cualquier movimiento anticapitalista organizado.
  • Los nuevos oligarcas tecnológicos de Silicon Valley reproducen la concentración de poder de la Standard Oil o la Compañía de las Indias Orientales, pero sin que haya aún una respuesta política equivalente a la que fragmentó esos monopolios.
  • Beckert identifica a la derecha populista —no a la izquierda— como la mayor amenaza actual: su proteccionismo y rechazo al comercio global representan una ruptura con décadas de consenso que antes parecía impensable.
  • El cambio climático plantea la contradicción más profunda: un sistema basado en crecimiento infinito y extracción de recursos finitos choca con los límites físicos del planeta, sin que haya aún una salida clara a la vista.

Desde Madrid, el historiador de Harvard Sven Beckert ofrece una lectura milenaria del capitalismo: un sistema que no ha triunfado por ser perfecto, sino por ser incansablemente mutable. A lo largo de mil años, ha absorbido críticas, regulaciones y crisis, reinventándose cada vez que el mundo parecía haberlo superado. Hoy, sin embargo, enfrenta algo más difícil que una crisis económica: la erosión de su propia legitimidad moral, agravada por una desigualdad visible y una clase empresarial que ya no mira a los ojos a quienes trabajan para ella.

Sven Beckert llegó a Madrid con un libro monumental de 1.408 páginas y una tesis deceptivamente sencilla: el capitalismo ha sobrevivido mil años porque ninguna otra ideología ha demostrado igual capacidad de adaptación. El profesor de Harvard, nacido en Fráncfort en 1965, presentó su obra en la Fundación Rafael del Pino trazando una historia no europea sino global de un sistema que ha reconfigurado casi todo aspecto de la vida humana.

Desde sus orígenes, el capitalismo tuvo críticos. La Iglesia cuestionaba la legitimidad de invertir dinero para acumular más. Adam Smith, uno de sus padres fundadores, proponía límites claros: excluir la familia del mercado y restringir los pactos empresariales para subir precios. Hoy existen millones de regulaciones, pero los oligopolios tecnológicos plantean preguntas que el marco regulatorio aún no ha sabido responder. Beckert recuerda que la concentración de poder no es nueva —Standard Oil y la Compañía de las Indias Orientales son sus antecedentes— pero sí lo es la ausencia de una respuesta política proporcional.

Lo que más inquieta al historiador no es la izquierda, sino la derecha populista. Las fuerzas anticapitalistas son pocas y están desconectadas; el verdadero problema es que el sistema ya no garantiza las condiciones de vida que la gente espera. La desigualdad visible y el consumismo extremo de los muy ricos corroen la confianza desde adentro. Hace una década, un presidente estadounidense abrazando el proteccionismo habría parecido impensable. La historia, recuerda Beckert, está llena de sorpresas.

Un cambio sutil pero profundo ilustra la crisis de legitimidad: los primeros industriales vivían dentro de sus fábricas y veían a diario a sus trabajadores. Henry Ford quería que sus empleados pudieran comprar sus propios coches. Hoy, el CEO de Apple nunca ve a los obreros chinos que ensamblan los iPhones. Cuando los empresarios se desvinculan de quienes trabajan para ellos, esos trabajadores se vuelven invisibles. La distancia social tiene consecuencias.

Ante el cambio climático, Beckert señala la contradicción más honda del sistema: el capitalismo necesita crecimiento constante y extracción de recursos finitos, pero la naturaleza no está en expansión continua. Como historiador, advierte que todo lo que tiene un principio tiene un final. El capitalismo es histórico, no natural. Cuándo llegará ese final es impredecible, pero el sistema que ha demostrado una creatividad notable durante siglos enfrenta hoy desafíos que ninguna generación anterior tuvo que confrontar.

Sven Beckert llegó a Madrid esta semana con un libro de 1.408 páginas bajo el brazo, y la mayoría de los historiadores económicos estarían de acuerdo en que lo que ha escrito merece el calificativo de monumental. El profesor de Harvard, nacido en Fráncfort en 1965, ha trazado la trayectoria del capitalismo a lo largo de mil años, no como una historia europea sino como un fenómeno global que ha reconfigurado casi todo aspecto de la vida humana en el planeta. Su tesis central es simple pero potente: el capitalismo ha sobrevivido a todas las épocas históricas precisamente porque posee una capacidad de adaptación que ninguna otra ideología ha demostrado.

En conversación en la Fundación Rafael del Pino, donde presentaba su obra, Beckert explicó que el capitalismo no es una fuerza estática sino un proceso de transformación continua. Ha generado un crecimiento económico sin precedentes y una productividad humana que cambió radicalmente cómo vivimos, trabajamos y consumimos. Pero también ha tenido críticos desde el principio. La Iglesia católica cuestionaba la legitimidad de invertir dinero para acumular más dinero. Adam Smith, aunque fue uno de los pensadores fundacionales del capitalismo industrial, proponía límites claros: regulaciones que excluyeran partes de la vida del mercado, como la familia, y restricciones contra los pactos empresariales para subir precios. Hoy existen millones de regulaciones que limitan el mercado, aunque los oligopolios tecnológicos plantean nuevas preocupaciones.

La concentración de poder económico que vemos en Silicon Valley no es históricamente nueva, según Beckert. La Compañía de las Indias Orientales fue un monopolio. Standard Oil dominó la industria petrolera estadounidense a finales del siglo XIX. Lo que es diferente es que hemos visto respuestas políticas a esa concentración: la industria petrolera estadounidense fue dividida, como lo fue la manufactura inglesa. Pero la pregunta sobre si los nuevos oligarcas tecnológicos podrían liquidar el capitalismo que conocemos es legítima. Beckert no puede predecir el futuro, pero advierte que las inversiones masivas en infraestructuras de centros de datos e inteligencia artificial podrían seguir el patrón de las inversiones ferroviarias del siglo XIX: capital invertido en infraestructuras caras cuya rentabilidad futura sigue siendo incierta.

Lo que más preocupa a Beckert no es la izquierda, sino la derecha populista. Aunque hay críticos del capitalismo en todo el espectro político, las fuerzas anticapitalistas significativas son pocas y están desconectadas. El verdadero problema es que la legitimidad del capitalismo se ha erosionado. Ya no garantiza las condiciones de vida que la gente espera. Al mismo tiempo, existe un espectáculo de consumismo extremo entre los muy ricos, con niveles de desigualdad que socavan la confianza en el sistema. Hace una década, la idea de que un presidente estadounidense abrazaría el proteccionismo y rechazaría el comercio global habría parecido irracional. Pero la historia está llena de sorpresas.

Beckert observa un cambio fundamental en cómo los capitalistas se relacionan con sus trabajadores. Los primeros industriales, incluidos los del textil catalán, vivían a veces dentro de la fábrica. Veían diariamente lo que sucedía. Henry Ford y Gianni Agnelli estaban preocupados por los salarios porque querían que sus empleados pudieran comprar sus productos. Pero el CEO de Apple no vive en la fábrica china donde se fabrican los iPhones; vive en Silicon Valley y nunca ve a los trabajadores. Elon Musk, bromeó Beckert, ni siquiera tiene raíces en el planeta Tierra. Cuando los empresarios se desvinculan de sus trabajadores, estos se vuelven invisibles. La distancia social tiene consecuencias.

El capitalismo ha pasado por varios órdenes institucionales a lo largo de su historia. Durante siglos, fueron los mercaderes y el capital financiero quienes estuvieron en el centro. No fue hasta el siglo XIX cuando nació el capitalismo industrial con la siderurgia, la maquinaria, la química y la electricidad. Ese período de estabilidad industrial duró poco: desde 1870 hasta 1970. Ahora hemos entrado en una era posindus trial donde lo importante no es fabricar cosas sino organizar su producción. Apple y Zara no poseen las fábricas donde se hacen sus productos; subcontratan la manufactura. Es un retorno, en cierto sentido, al modelo de la Compañía de las Indias Orientales, pero con una escala global.

Cuando se le preguntó si el cambio climático podría acelerar el fin del capitalismo, Beckert señaló una contradicción fundamental. El capitalismo se basa en el crecimiento constante y en la extracción de recursos naturales finitos. La naturaleza no está en expansión continua. Como historiador, debe decir que todo lo que tiene un principio tiene un final. El capitalismo es histórico, no natural. Es una ruptura radical con otras formas de organización económica. Pero cuándo llegará ese final es impredecible. Por ahora, lo que vemos es un sistema que ha demostrado una creatividad y un dinamismo notables, capaz de reinventarse una y otra vez, aunque enfrenta desafíos que ninguna generación anterior tuvo que confrontar.

La legitimidad del capitalismo se ha visto socavada para mucha gente por el hecho de que ya no garantiza las condiciones de vida que esperan
— Sven Beckert
Como historiador tengo que decirte que todo lo que tiene un principio también tiene un final
— Sven Beckert
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